Día 31: elige

—Tienes dos caminos. ¿Cuál eliges?

—El largo… el difícil… el interesante. Elijo no elegir camino y descubrir sin ataduras ni normas. Elijo vivir.

 

Ha nacido para hacer algo grandioso. Lo sabe desde siempre, es una obra maestra aún en proceso, pero no cabe duda de que será todo lo que prometen quienes la observan.

Prefiere actuar desde las sombras. No quiere ser una cara que se reconozca por la calle, pero quiere cambiar el mundo.

Deja el sitio mejor de lo que lo encontraste al llegar, le dijeron una vez. Esa es su misión de heroína sin medallas desde entonces.

Sabe que irradia una luz que ilumina y sana todo lo que toca. Pero nadie habla nunca de lo que les sucede a los seres de luz en los días de tormenta.

 

—Tienes que elegir entre el camino largo y el corto. El primero es oscuro, doloroso, enrevesado. Te perderás, tendrás que volver sobre tus pasos, y a veces no sabrás cómo seguir. Ni siquiera sabrás si tiene fin. El segundo es recto y bajo el cielo abierto, y acaba donde tú decidas.

—No me gusta caminar.

—No te queda más remedio.

—Elijo el fácil.

 

Se despierta despacio. Un día más. Tanto que hacer, tan poco tiempo. Se levanta porque sabe que la están esperando.

Se mueve como una sombra, como un alma subyugada con magia negra. Acude cuando la llaman, se vuelve invisible cuando no. Solo quiere desaparecer porque existir duele. Sabe que solo está comprando tiempo, y que tiene que elegir. Y se da la excusa de que está rota para no tener que elegir todavía.

 

—Ya sabes que no hay un camino fácil. Míralos y tómate tu tiempo, pero elige.

—No estoy preparada.

—Si no tomas la decisión, se tomará sola.

—Necesito tiempo.

 

No sabe a dónde llevarán sus pasos, pero sabe que puede decidirlo sobre la marcha. Cada pequeño gesto es un esfuerzo consciente pero también una decisión. No son decisiones placenteras ni gratificantes, pero son temporales.

Y se ríe a carcajadas pensando en lo fácil que va a ser todo después de haber pasado por esto.

Hoy trabajo, y no hay hueco para mucho más. Empieza mi vida de autónoma otra vez, y no sé si estoy preparada. Vaya final más repentino para el viaje. Pero me gusta que el final sea un comienzo tan activo y tan intensito. Habla de cosas buenas por venir. Puedo con esto. Vamos a ello.

 

Madrid, 31 de agosto de 2017

 

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Día 30: burro de noria

Las revoluciones se sustentan sobre las espaldas dobladas de quienes mantienen el hogar intacto mientras el mundo cambia. Mientras el frente dedica esfuerzos a avanzar, a remover, a planear… en definitiva, a cosas que no son sobrevivir, las bestias de carga siguen haciendo que el sistema ruede tranquilo, agachan la cabeza y siguen avanzando porque alguien tiene que hacerlo. No se llevan el mérito, tampoco las alegrías, pero tienen el lomo fuerte del esfuerzo y de los palos. Trabajan, infatigables, para que cuando todo termine aún quede algo a lo que volver.

—–

Aún no ha acabado agosto, ni el verano, aún estoy aterrizando y ya tengo trabajo para los próximos días. No me da la cabeza para más. Acabando el mes a trompicones, con nervios y ganas a partes iguales. Pero con esperanza. Vienen momentos de mucha precariedad y de mucho miedo, así que a echarle valor.

Madrid se me hace casi desconocida ahora. No ha cambiado nada en un mes, claro, pero siento esta ciudad menos mía, como si estuviera de visita.

Madrid, 30 de agosto de 2017

 

Día 29: volver

Volver a los sitios que habitabas en tu infancia siempre es una experiencia rara. A veces reveladora, a veces nostálgica, a veces traumática, pero siempre distinta de lo que te esperas. Estos colores eran más brillantes, este pasillo más grande, este mueble era mucho más suave, que me acuerdo que me pasaba la vida tocándolo porque era genial y siempre me echabais la bronca porque lo dejaba lleno de huellas dactilares de chocolate. Teníais un perro. ¿Las escaleras eran así de pequeñas? Parecían eternas cuando me quedaba dormida en el sofá y tenía que subir a rastras a la cama. Había una estantería llena de libros, que me iba leyendo poco a poco, pensando en leerme todos cada uno de ellos como un reto imposible. Ahora la veo pequeña, y solo hay tres títulos que no me he leído nunca. Tres del barco de vapor, nada menos. Igual de esta me los acabo de leer y todo, por completar objetivos. Leer todos los libros de la estantería de mi prima: check. Qué se le va a hacer, cada cual con sus fetiches.

Me he ido de tantos sitios y he vuelto de tantos otros que esta sensación se me hace hasta rutinaria. Pero siempre me sorprenden los recuerdos. Esas escaleras en las que prometí que me reuniría al menos una vez al año con una persona que me partiría el corazón tres meses después, ¿cómo se me habían olvidado tan completamente?

Y ya, cuando le enseño a alguien una ciudad nueva, es desternillante. ¡Mira! En esa cafetería conocí a este amigo mío al que no conoces pero que fue muy importante para mí durante un par de años. ¡Oh! Aquí vomité, semiinconsciente, en mi primer botellón. ¿Ves es verja de ahí? La tenía que saltar cada vez que quería «fugarme una clase». Oh, dios, yo hablaba así, y me sentía taaan rebelde por escaparme del instituto y fumar detrás del edificio…

Volver a sitios y hacer recorridos por mi vida es terapéutico. Me recuerda lo que he avanzado, lo que he crecido, lo que he hecho conmigo misma pese a las circunstancias. A veces duele un poco también, pero bueno, la vida duele. Lo disfruto igual. Me encanta irme, y me encanta volver.

¿Por qué entonces, hoy que al fin he dejado caer mi mochila en mi cuarto y mi cuerpo agotado en mi propia cama, me siento tan vacía?

Primera noche en mi casa. Me siento fatal. Sorpresa. Tengo miedo y no quiero volver a mi vida. No sé lo que quiero, pero quiero otra cosa, cualquier otra cosa.

 

Madrid, 29 de agosto de 2017

 

Día 28: irrepetible

Pensaba en la alegría como una membrana elástica. Flotaba libremente dentro de ella cuando estaba en paz, disfrutando sin tensiones de su calma apática. A veces, se acercaba a los límites, más cerca de la luz, jugueteando con la intensidad. Muy pocas, tocaba las paredes y se permitía sentir los límites, explorar los límites claros de su burbuja velada.

Cuando probó a empujar la membrana, todo empezó a dar miedo. Descubrió que había una alegría más allá de ella, una euforia transparente y pura que no dejaba sitio para otra cosa. Y supo con toda certeza que cuando la soltara, no volvería a encontrarla jamás.

Me quedo aquí hasta que acabe. Quiero vivirlo todo, y vivir intenso, rasgarme la voz y brindar por todos los momentos irrepetibles.

Ya estoy volviendo a Madrid. Fin del viaje. Parece mentira que haya pasado un mes. En algún momento tendré que sentarme a pensar en lo que ha supuesto esto, qué buscaba y qué he encontrado. Pero no será hoy. Hoy vemos serie y bebemos vino. Hoy toca descanso, que me lo merezco. Madrid, te he echado de menos.

 

Barcelona — Madrid, 28 de agosto de 2017

 

Día 27: runar

El río de piedras es angosto y traicionero. Por el sendero polvoriento, con un pie delante del otro, puedes pasar sin molestar entre las lomas de guijarros. Pero no muevas nada, no pises fuera del camino. El monte descansa así, en su frágil equilibrio, y quién sabe el precio que tiene perturbar el sueño de los lagartos.

Cuando el runar se acabe, recuerda no desfallecer sobre los matorrales verdes que proponen un alto en el camino. Cuidado con los piqueros que se esconden entre las briznas, y con los trozos de vacío que prometen aguas claras.

Hoy no he parado. Primero una visita guiada por Barcelona, luego una reunión con más amistades a las que no veo mucho. Conversaciones intensas sobre el amor, las relaciones y la amistad. Ha sido un buen día y una buena última noche. Mañana vuelvo a Madrid ya, y la verdad es que tengo tantas ganitas…

Barcelona, 27 de agosto de 2017

 

Día 26: bioluminiscencia

Aquellos bosques nunca habían visto un animal como él. El roedor tampoco había presenciado nada parecido en su vida. Su breve existencia había transcurrido en salas blancas y estériles, en jaulas de metal o en entornos controlados. Hasta hacía apenas unos minutos, su vida había sido creada y adaptada para un solo propósito: evaluar si las condiciones en Levus, el planeta recién descubierto, eran seguras para mamíferos. Había nacido en la Cobalto II. Le habían llamado Bos siete, y él y toda su camada habían bajado a la superficie de un planeta por primera vez en su segundo mes de vida. De haber salido todo según lo planeado, les habrían expuesto al aire de aquel planeta dentro de sus jaulas, habrían observado su reacción y tomado muestras, y después les habrían destruido allí mismo, con el fin de evitar la introducción accidental de una especie alienígena. Pero uno de los temporales espontáneos de Levus, tan imposibles de predecir, les había sorprendido con la observación sin terminar. Solo quedaban vivos Bos cinco y él cuando el vendaval arrasó el campamento. El sistema de seguridad de la jaula de Cinco se activó, pero el de la suya no. Siete no llegó a ver a su hermano desintegrarse, ni supo nunca qué había sido del resto de la expedición. Lo siguiente que vio, cuando su jaula se estrelló contra unas rocas y se abrió, fue la linde de un bosque a la luz del atardecer verdoso de Levus.

Se refugió desesperadamente y se hizo un ovillo entre las rocas, temblando. Poco a poco, su respiración volvió a la normalidad, y empezó a lamerse las heridas. Cuando al fin se atrevió a asomar la cabeza, casi era de noche.

Se puso a dos patas y olisqueó el aire. Todo le era ajeno. Los sonidos, los olores, los colores, la tierra y la roca bajo sus dedos. Avanzó hacia el bosque, muy despacio al principio, con más confianza a medida que le envolvía la reconfortante oscuridad. Paró a escarbar en la tierra esponjosa al pie de un árbol, mordisqueó la raíz de otro, se adentró en los senderos húmedos y oscuros entre sus ramas bajas.

Y de pronto, bajo una de sus patas, algo empezó a brillar.

Siete observó la tenue luz azulada con curiosidad. Levantó la pata, y el brillo se desvaneció. Olisqueó la huella, y la luz azulada se extendió por donde rozaron sus bigotes. Tocó con los dedos las plantas viscosas que cubrían el suelo. Se encendieron también al primer roce.

Miró hacia atrás, y vio que su cuerpo entero estaba resaltado por un halo blanco y azulado. Siguió avanzando.

Hacía mucho tiempo que nadie caminaba aquellos senderos. El bosque susurraba de curiosidad ante la presencia de un animal tan extraño. Le invitaba, le indicaba el camino, le reconocía. Un árbol viejo le tocó con las puntas de sus ramas bajas, y Siete trepó por ella, levantando destellos morados en su corteza. Saltó de rama en rama, jugando con las hojas, se dejó caer de nuevo hasta el suelo y siguió caminando, dejando una estela en la oscuridad, como un cometa solitario en un cielo sin estrellas.

La criatura que le acechaba tampoco había visto nada parecido a él en su vida. Pero tenía hambre, y solo veía un animal pequeño e incauto paseando los senderos de los cazadores. Cuando saltó a por él, comprobó que tampoco era especialmente rápido.

Es agradable volver a estar en terreno conocido y en buena compañía. Me siento bien, absurdamente agotada pero bien. Necesito tanta tranquilidad y mimos que cada gestito es como un trago de agua fresca en un día de bochorno terrible nivel Madrid en agosto: es muy agradable, pero estaría así todo el día y no es plan tampoco.

Hoy he conocido mejor una ciudad con la que me estaba reconciliando. Me llega tantísimo que me enseñen cosas con ilusión. Me sentía como una niña pequeña, primero por lo de mirarlo todo con ojos grandes y fascinados y luego por lo de casi quedarme dormida de pie.

También he visto a una amiga con la que había perdido el contacto y ha sido como abrir una ventanita al pasado. En un momento he sentido todo lo que he crecido, he sido consciente del pedazo de camino que llevo. Me he sentido contenta con el cambio. A ver si sigue así la cosa.

Barcelona, 26 de agosto de 2017

Día 25: macro

Algo se movía en la piscina, como si se le escapara la vida. Era el aleteo débil de una mariposa nocturna a la que la mañana había encontrado en la superficie del agua, luchando con sus últimas fuerzas. Le acerqué una ramita, no sé con qué intención. Seguramente no fuera a vivir mucho más. Se agarró a ella y allí se quedó, con la quietud desesperada de quien acaba de sentir la muerte cerca.

Tenía las alas pardas, empapadas, pegadas a la corteza áspera. No las podía mover. Cuando apoyé la rama salvavidas contra las hojas bajas de un árbol cercano, se arrastró hasta ellas, y se quedó agarrada allí.

Sacudió las alas al cabo de unos segundos, y se volvió a quedar quieta. Entonces le vi las marcas. Tenía las alas veteadas en marrones, unos colores de profundidad asombrosa, que prácticamente cambiaban ante mis ojos. El aire las agitaba un poco, como un jirón de bandera, y las iba secando. Aparecían tonos naranjas entre los marrones, cada vez más claros. La espalda se le iba secando también, destacando una cresta blanca que parecía la capa de un vikingo.

Volvió a agitar las alas. Esta vez, levantó un poco el vuelo, una explosión de otoño entre las hojas verdes. Lo intentó una vez, y otra, hasta que, como un trapecista tomando impulso, saltó. Dio unos cuantos tumbos por el aire revuelto, hasta que la perdí de vista.

A veces me encanta tener los ojos hechos para contemplar mundos diminutos.

——

Carcassonne es un parque de atracciones. Es chulo, pero un poco triste porque en su día aquí debió vivir gente. Me imagino Barcelona convirtiéndose en esto algún día, con gente disfrazada por las calles y todo.

Hoy me he despedido de mis amigos hasta más ver. Estoy en el tren de Béziers a Barcelona, y está anocheciendo. La verdad es que es la vuelta perfecta: bonita y melancólica.

Tengo muchas ganas de descansar.

Pézenas — Carcassonne — Béziers — Barcelona, 25 de agosto de 2017