El Camino Largo

Qué difíciles son los momentos de cambio. A veces querría estancarme y no tener que pasar por esto más.

Pero pienso en lo que hay al otro lado y recuerdo por qué merece a pena.

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Allá abajo estaba todo tan oscuro. No podía caer. Me aferraba a la pared escarpada pese al dolor, pese a que los dedos me sangraban, porque no podía caer. ¿Quién sabe lo que hay en esas profundidades? Tenía que aguantar, me iba la vida en ello. Faltaba tanto para llegar a la cima, la roca tan desnuda y tan cruel… ¿Cómo iba a llegar hasta arriba, si ya me fallaban las fuerzas?

 

Pero había que intentarlo. Busqué un atisbo de esperanza y lo encontré. Salientes en la roca que me ayudarían a trepar, que me sacarían de aquello. Así que me lancé hacia ellos, olvidando todo lo que sé sobre escalar.

 

Un terrón que se deshace, una piedra que se desplaza, y el mundo se da la vuelta. Ya no hay arriba, ni abajo, ni lugar al que asirse. Sólo me queda caer.

 

Me rompí. Me hice añicos como un cristal de sal reseco por siglos de brisa gélida, y me esparcí, fina y casi imperceptible, en el fondo de aquel precipicio olvidado. Mi miedo cumplido, cada parte de mi ser entrelazada con la oscuridad, y no sabía dónde empezaba yo y acababa aquel frío atroz, aquella soledad.

 

Al principio no podía moverme, apenas me sabía existir. Pero hay algo siempre, en el fondo, que no quiere que me muera, que se abre paso despacio como las raíces del tomillo, algo que busca, y que encuentra.

 

Caí a través de la roca, y me sentí flotar. La oscuridad dejó de dar miedo, y se volvió un cobijo, arropándome en silencio. Sólo escuchaba el pulso lento del agua que me mecía, que me llevaba.

 

Mi lento viaje bajo tierra me llevó a mar abierto. Estaba perdida, sin saber quién —qué— era, pero segura. El agua siempre me cuida.

 

La oscura quietud fue más reveladora de lo que nunca lo había sido la luz mortecina del precipicio. Me contemplé despacio, y recogí las esquirlas en las que me había deshecho. Solo que algunas se habían quedado atrás y otras ya no encajaban, y seguía tan asustada… Pero era yo, y me sentía, habitando mi cuerpo de nuevo, tangible y real.

 

Así que seguí buscando.

 

Una claridad azul me rodeaba, poco a poco, y el mar se hacía menos denso, menos silencioso. Una ola me dejó en la orilla, incompleta y perdida como los primeros seres terrestres. Quería volver a la calma silenciosa del agua.

 

Pero no dejé de mirar atrás y trepé. No sabía a dónde iba, simplemente me arrastré como pude. Lloré de frío, de soledad, de miedo. Me caí, me encogí, me negué a continuar.

 

Y sin embargo seguí.

 

Pasó tanto tiempo hasta que empecé a preguntarme a dónde iba que perdí la cuenta. Me detuve, y miré a mi alrededor. Seguía sin mis respuestas.

 

Sentí rabia por haber recorrido todo aquel camino en balde, por haber abandonado mis aguas tranquilas para no llegar a ninguna parte. Hasta que miré más allá y vi dónde estaba.

 

Desde lo alto, se veía el mar. Lejos, pero tan reconfortante como siempre. Y se veían también prados verdes, y arboledas oscuras y misteriosas, prometiendo aventura. Vi el cielo azul, y también nubes de tormenta.

 

Y a mis pies, un precipicio. Porque había llegado al principio, al lugar de donde parten los senderos.

 

A veces hay que tomar el camino largo.

 

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El Camino Largo by Eva Duncan is licensed under a

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