Hidra

¡Cuánto tiempo sin escribir fantástica! Este texto me pareció una forma estupenda de volver, fue una idea que me brotó de dentro con muchísima fuerza y que no acababa de conseguir plasmar en relato. Aún veo que le queda algo de trabajo, así que toda crítica será bien recibida.

Espero de corazón que lo disfrutes.

————————————————

Nací en un clan ayaní. Nuestro nombre significa “hijos de la serpiente”, en honor a nuestro espíritu guía y protector.

Somos un pueblo silvano, y nuestros clanes existen por todo el bosque, hasta donde empieza la estepa.

La naturaleza es nuestra madre, y la amamos y respetamos por encima de todas las cosas. Cuidamos de sus criaturas, igual que ella cuida de nosotros. Escuchamos a los espíritus del agua, de aire, del bosque… somos una pequeña parte de todo ello.

Aunque vivamos en clanes separados, somos uno. Amamos y protegemos a nuestra gente. Nos encontramos en cada cambio de estación, y celebramos nuestro encuentro, nuestro amor, la vida.

Podemos entender a las bestias y las plantas, y hablar con ellas.

Adoramos la música, desde las canciones ancestrales hasta la que tocamos con nuestros instrumentos de viento, cuyos cantos agudos se oyen a lo lejos y nos hacen sentir más cerca de nuestros hermanos.

Somos libres. Libres de ir a donde queramos, libres de amarnos, libres de ser exactamente lo que queramos ser. Nuestros espíritus no conocen límites.

O al menos no los conocían.

Me repito todas estas palabras cada noche, para no olvidar. Estoy tan lejos de casa… pero no puedo olvidar, porque olvidar es dejarlos morir para siempre. Si los mantengo en el recuerdo, volveré a ellos algún día. No debo olvidar de dónde vengo.

El sol se ha puesto tantas veces desde el día en que quemaron el bosque que ya he perdido la cuenta. Mis días pasan lentos y agotadores, caminando tras un carromato con una soga al cuello y con las manos atadas, junto a algunas de mis hermanas. Cada noche intento invocar a los espíritus para que vengan en nuestra ayuda, pero en las estepas no hay árboles, ni agua, sólo un viento cruel y foráneo, y nuestra madre Tierra guarda silencio.

Nuestros captores llegaron a lomos de caballos de espíritu roto. He visto cómo lo hacen, les martirizan hasta que no pueden más, hasta que aceptan no volver a ser libres. Les hacen daño para que acepten ser guiados. Como hacen con nosotras, y como hacen con nuestros hermanos.

En ayaní sólo hay una palabra para decir ‘persona’. Pero estos brutos no conocen nuestra lengua ni nuestras costumbres, y necesitaban entender. Querían que los hombres pelearan, que mataran como ellos, querían que las mujeres bajáramos la cabeza e hiciésemos cuanto se nos ordenaba. Ellos nos dieron la palabra para hombre y mujer. Y mataron a todo aquel que no era una cosa ni la otra. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nuestros cuerpos eran suyos.

Y fue a peor. Nos prohibieron amarnos. Al hombre que tocaba a otro hombre lo mutilaban o asesinaban en el acto. A las mujeres nos reservaban para ellos. Echo tanto de menos un cuerpo junto al mío por las noches, unas manos que no duelan sobre mi piel, un abrazo que no huela a muerte. Por más que lo anhelo, ni siquiera puedo acercarme a buscar consuelo junto a mis hermanas por las noches, siempre hay alguien vigilando.

Nos odian, lo puedo ver en sus ojos. Nuestras costumbres deben ser para ellos tan atroces como para nosotros la forma que tienen de arrasar con todo. A veces matan por diversión, por vernos sufrir. Disfrutan especialmente matando serpientes, y tiran sus cuerpos sin vida a nuestros pies, riendo con esa especie de ladrido tosco.

No les bastó con prohibirnos cantar y bailar, ni con quemar nuestros instrumentos. También juraron arrancarle la lengua a quien hablase el ayaní, aunque finalmente lo que hicieron fue acuchillar a quien se atrevió a desafiarles.

Y entre estos brutos me encuentro ahora, con el corazón encogido de pensar en lo que aún está por llegar. El sol empieza a caer en el horizonte, pronto nos detendremos a descansar. Es el único momento en el que puedo cerrar los ojos y escapar de mi cuerpo, volar libre a lomos de un pájaro, o buscar cobijo con los espíritus de la Tierra.

Oscurece, y aparecen las primeras hogueras. El campamento va tomando forma. Nosotras tenemos que arreglárnoslas para encontrar una postura cómoda para dormir en el sitio donde nos dejen. Y así cada día. Miro las estrellas, imaginándome que estoy en casa, hasta que caigo en una extraña duermevela llena de horrores.

Los días pasan idénticos, hasta que llegamos a lo que parece ser uno de sus poblados. Hay chozas de barro, y niños corriendo por las calles, y más animales esclavos. Nos llevan frente a una muchedumbre que nos mira, se acerca, nos toca. No son todos tan fétidos como nuestros captores, pero son casi igual de repugnantes. Un vigilante va cortando cuerdas y llevándose a mis hermanas, y ni siquiera me atrevo a susurrarles una despedida. Lloro en silencio, con la mirada baja.

Una mano me levanta la mandíbula, me mueve bruscamente, me toca las caderas. No me resisto, y poco después, noto que cortan mi cuerda y tiran de mí. Me dejo llevar, mirando fijamente al suelo.

Por suerte, el lugar al que me llevan no es tan terrible. Me sueltan en una pequeña choza y me dejan en manos de una mujer de piel oscura cuyas facciones me son muy familiares. Me sonríe, y se acerca a mí, me coge de la mano y aprieta su palma contra la mía. Un viejo gesto ayaní para dar ánimos y desear suerte. Sonrío débilmente y asiento. Poco más puedo hacer sin echarme a llorar.

No hablamos. A ambas nos resulta demasiado aberrante utilizar entre nosotras el idioma bárbaro que nos han impuesto, y no sabemos quién puede estarnos escuchando. Pero ella me lava, me cubre las heridas y me dedica su sonrisa temerosa y maltratada.

Y empieza mi nueva vida. Por lo poco que comprendo de los gruñidos de uno de ellos, quieren que cuidemos la casa y su pequeño huerto. Yo procuro imitar a mi compañera, cuyo nombre aún no conozco.

Pasan los días, y el trabajo es duro pero agradezco estar lejos de látigos y cuchillos. Las chozas con techo me angustian, y casi siempre duermo fuera, junto a la puerta, para poder ver las estrellas. Es lo más cercano que tengo a las hamacas colgadas de las ramas que teníamos en el clan. Al menos estoy bajo cielo abierto.

Hay algo en mí que empieza a acostumbrarse, lo noto, y me repito quién soy cada vez con más fervor. Empiezo a sorprenderme recitando partes de mi invocación en el idioma de mis captores. ¿Cuánto tiempo podré aguantar hasta que me lo arranquen todo?

Ha amanecido, pero apenas se ve nada. Una densa bruma lo cubre todo, y apenas veo lo que hay a un metro de mí. Ocurre poco, pero son mis días preferidos. Esta gente tiene una extraña superstición con la niebla, y se quedan en sus casas, a veces incluso durmiendo, hasta que se disipa. Son días tranquilos en los que aprovechamos para no trabajar.

Pero esta mañana en concreto tiene un sabor diferente. Noto una sensación eléctrica en la piel, una tensión en el aire que me hace estar alerta. Mi compañera sin nombre también está inquieta, no deja de mirar de un lado a otro como si esperara algo.

Y en efecto, ese algo llega. Estamos en el huerto, y apenas distingo su silueta a mi lado. De pronto, surge de la nada otra figura. Retrocedo varios pasos, notando que el pulso se me acelera. Pero las dos se están abrazando, y me arriesgo a acercarme.

Es una mujer morena, de rostro arrugado y mirada penetrante. Al verme, me dedica una sonrisa tan viva que no puedo evitar imitarla. Se acerca a mí, y aprieta su palma contra la mía. Después se acerca y me susurra algo al oído. Y me siento viva por primera vez en mucho tiempo.

Es ayaní, las primeras palabras que escucho desde que llegaron los invasores. Al principio, la emoción no me deja comprender lo que me está diciendo, me echo hacia atrás, asustada, conmocionada. La mujer me sonríe enigmáticamente y se retira, perdiéndose en la niebla.

Me quedo allí parada, notando cómo el mundo se desmorona a mi alrededor. La bruma, esta quietud… no entiendo cómo puede haber tanto silencio, y me enloquece no estar envuelta en una tormenta salvaje que refleje la que tengo dentro. Quiero gritar, pero el miedo no me deja, y siento que voy a explotar.

Unos brazos me rodean, y de pronto estoy llorando sobre el hombro de mi silenciosa compañera. Sus manos me acarician la espalda, y poco a poco van calmándome. Y entonces vuelve a susurrarme las mismas palabras que la mujer misteriosa.

—La serpiente tiene muchas otras cabezas.

Y, por primera vez, hablamos. Se llama Ilui, y me cuenta en pocas palabras cómo llegó hasta allí. Me habla de Nuala, la mujer misteriosa, y de sus palabras sobre la serpiente. Me dice que es su canto de rebeldía. Los bárbaros pueden matar a todas las serpientes que encuentren, siempre saldrán más de la tierra. Pueden arrancarnos nuestro hogar, quitárnoslo casi todo, pero los ayaní sobreviviremos. Y me cuenta que los cautivos de aquel poblado se reúnen, y quieren invitarme. Hoy es el día idóneo.

Algo más tarde, bajo el cobijo de la bruma, abandonamos la casa. El miedo me atenaza el estómago, e incluso el sonido de mis propios pasos me sobresalta. Trato de controlar el temblor de mis piernas mientras sigo a Ilui. Parece saber exactamente a dónde va.

Tras un camino que se me hace eterno, se detiene. Me coge de la mano.

—No te asustes —me susurra—. Es un amigo.

Pero cuando el hombre corpulento y de cara velluda se presenta ante nosotras, no puedo evitar encogerme. Demasiado tiempo recibiendo dolor de seres como él. Hasta que habla. Su acento es atroz pero el idioma, inconfundible. Oírle hablar ayaní me tranquiliza, y logro sonreírle… casi.

—Os llevaré hasta allí —dice—. Pero no tenéis mucho tiempo. Antes de que se va la niebla, volvéis. Yo os llevaré a vuestra familia, diré estaban perdidas…

—No son nuestra familia —espeta Ilui con una ferocidad que me sorprende.

Un gesto del hombre da a entender que no hay tiempo para eso. Ilui tiene el ceño fruncido, pero asiente. Verla así me asombra… no parece la misma mujer mansa que baja la cabeza ante las órdenes de los bárbaros.

El camino se hace eterno. La niebla me cala la ropa, y me noto tiritar de frío. Pero me siento casi fuera de mi cuerpo, como si todo lo que me pasara me fuera totalmente ajeno.

Y al fin llegamos. Ante nosotras hay una pared irregular y escarpada, llena de recovecos. Y de uno de ellos sale una luz apenas perceptible. Entramos en la cueva, y por segunda vez en poco tiempo, mi mundo se desmorona.

Allí está mi pueblo.

No reconozco sus caras, pero son sin duda alguna ayaní, una veintena de ellos al menos. Están juntos, hablando, abrazándose, besándose, algunos incluso cantan. No se siente la alegría de otros tiempos, y sus voces son susurros, pero verlos me desborda, y rompo a llorar.

Pero no tenemos tiempo. Apenas he intercambiado unas pocas palabras con ella cuando las voces se apagan. Los ojos de todos los presentes están fijos en la entrada de la cueva, en Nuala. Es una mujer imponente, de ojos duros y sabios. Sus arrugas y cicatrices cuentan una historia de sufrimiento terrible.

—La niebla aún envuelve el pueblo —anuncia con una breve sonrisa—. Pero no podemos tardar demasiado. Los primeros tienen que irse.

Se ponen en movimiento con una inmediatez que me hace ver el miedo que realmente habita bajo sus sonrisas. Nuala se acerca a mí.

—Bienvenida —me sonríe—. Me gustaría que pudieras disfrutar de tu primer día entre tu gente, pero apenas tenemos tiempo, y hay algo que necesito enseñarte.

Me lleva al fondo de la cueva, desde donde se abre otra cavidad en la roca. Llegamos a una espacio amplio en el que arde otra hoguera.

Nuala me explica que es chamán. Destruyeron su poblado hace mucho tiempo, debió de ser de los primeros en caer. Al principio se resignó a su destino, hasta que la Serpiente se le apareció en sueños. Desde entonces se esfuerza por liberar a los suyos, por darles algo que les mantenga el espíritu intacto pese a los golpes. Y eso es lo que quiere darme a mí esta noche. Pone en mi mano tres bayas de un color amarillo parduzco.

—En mi clan usábamos estas bayas para liberar nuestra mente del peso del día a día y ver más allá de lo que ven nuestros ojos —me dice—. Si quieres, quédate, tómalas y siente. No tendrás que contar nada, sólo harás lo que tú quieras. Pero una vez las tomes, habrá cosas que no puedan volver a ser como antes.

No tengo que pensarlo mucho. Este es el lugar en el que quiero estar, quiero ser libre, y luchar codo con codo con mi gente, sea como sea. Asiento.

—Primero, procura relajarte. Siéntate junto al fuego, respira hondo y cómete la primera baya. Cuando notes algo, empieza a caminar, y cómete la segunda. Puedes utilizar o no la tercera, esa será tu elección.

Asiento de nuevo. Tengo tal nudo en la garganta que no puedo hablar.

—Voy a dejarte sola —dice mientras se incorpora—. No me iré sin ti, tranquila, volverás al poblado y no habrá peligro para ti ni para Ilui. Concéntrate en esto, y en nada más.

Me abraza, y tras dedicarme una sonrisa cálida, me deja sola.

Tal y como ha dicho, me siento junto al fuego y respiro profundamente. Una vez noto que mi corazón se ha calmado, mastico el fruto. Tiene un sabor amargo, con un trasfondo algo dulce. Permanezco ahí sentada con los ojos cerrados, esperando.

Cuando los abro, parece que ha pasado una eternidad. El fuego ya no arde con tanta fuerza, pero su luz anaranjada alumbra las paredes con tal intensidad que estas brillan como el agua bajo el sol. Me levanto, asombrada, y me acerco a la roca, alargando la mano para tocarla. Está fría, pero lanza destellos rojizos bajo mi mano. No puede ser real… recuerdo las palabras de Nuala y sigo caminando mientras mastico la segunda baya. Es amarga también, pero un amargo distinto, más intenso, sin ese toque dulce. Sabe furiosa y asustada, y tengo que esforzarme para no escupirla. Le doy vueltas a la hoguera, y mi sombra danza caóticamente, impulsada por los destellos irregulares de la roca.

La cueva parece más pequeña ahora, y es como si se fuese cerrando a mi alrededor. Doy vueltas cada vez más pequeñas que me llevan inexorablemente al fuego. Y poco a poco, todo se oscurece, y sólo queda una esfera de luz en el centro, y yo giro a su alrededor.

Poco a poco, la luz va ganando intensidad y veo que ya no estoy en una cueva, sino bajo un cielo azul, tan vacío que asusta. Ni nubes, ni árboles, estoy rodeada de arena hasta donde alcanza la vista.

La luz se ha convertido en un sol en medio de ese cielo desierto. Me quema la piel y me seca los labios, me siento marchitar bajo su mirada.

Noto entre mis dedos algo redondo y firme, y lo miro. La baya se ha vuelto veteada e iridiscente, y sus colores ocres cambian bajo la intensa luz. Me recuerda al ojo de un animal. Es, de hecho, el ojo de una gran serpiente cuyo cuerpo verdoso y frío me rodea, protegiéndome del calor.

Y ahora el cuerpo de la serpiente es un río, floto sobre sus aguas, llevada por la corriente. Veo cómo su cabeza asciende hacia el cielo, su ojo amarillo aún fijo en mí. Entonces, del sol brota un pájaro de luz, sus garras afiladas extendidas hacia la serpiente. Ésta abre las fauces, y se enzarzan en una feroz lucha.

Atardece, y la sangre de la serpiente riega el horizonte. Vuelvo a estar varada sobre la arena caliente, todo se oscurece, se hace el silencio. Sólo oigo mi corazón, mi respiración acelerada.

En la penumbra huele a tierra y a humedad. Creo ver ante mí las raíces de un gran árbol, algo se mueve entre ellas. Vuelvo a ver ese ojo amarillo brillando en la oscuridad. La serpiente rodea el árbol con su cuerpo, y siento que lo está protegiendo, nutriendo. Pero de nuevo aparece esa luz intensa, cegadora, abriendo la tierra, y una mano desciende sobre la serpiente, la desgarra, esparce su sangre sobre las raíces. Quiero gritar, pero no tengo aliento. No puedo hacer nada. Me siento morir, como si me desgarraran el vientre a mí también, incapaz de protegerla, incapaz de protegerme.

Y así empiezo a ver todo lo que ha sido, todo lo que es, y todo lo que será. Veo civilizaciones nacer y morir, veo destrucción y sufrimiento. Veo a los espíritus, a los dioses, no sólo a los nuestros, sino a todos. Veo sus historias, y en ellas el miedo de los tiranos, sus ansias por devorar el mundo. El alma salvaje de la Tierra resurge una y otra vez, y una y otra vez la aplastan, la descuartizan, le arrancan su esencia y la utilizan para hacerse fuertes. Pero no pueden con ella. Veo cómo su instinto renace infinitamente, cómo su amor se abre camino pese a todo, cómo se rebela, insumisa, y despliega su furia descontrolada.

Veo un mundo más allá del miedo.

Y de pronto, todo se detiene. Oscuridad de nuevo. Noto la roca bajo mis manos, el olor de la hoguera, y siento que hay algo cerca, algo vivo, antiguo, enorme y poderoso. Me está esperando.

Doy unos pasos vacilantes al frente, y me recibe un ojo verdoso y un siseo. Intuyo una cabeza de serpiente que me rodea, me olfatea, me recibe. De las sombras surge otra cabeza, y otra, hasta que me veo rodeada por ojos verdes imperturbables.

Te han intentado matar tantas veces… pero aquí estás, entera, más fuerte. Te pueden herir, aplastar, encerrar, pero no pueden matarte. Sigues aquí, pese a todo, esperando tu momento. Porque aquellos que te quieren muerta tendrán que dormir tarde o temprano.

Lo comprendo todo entonces. No se trata de mí, ni de mi clan, ni siquiera de los ayaní. Podremos desaparecer como pueblo, y aún así habrá algo que defender. La existencia terrestre, salvaje y pura que hay en nuestro vientre. Una consciencia pacífica, justa y benévola que nos arropa y que nos permite convivir.

Algún día, en algún lugar, resurgiremos.

 

 

 

Attribution NonCommercial ShareAlike

Hidra by Eva Duncan is licensed under a

Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0 International License.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s