Ciudad Maldita

Hoy toca experimentar… este relato partió de una descripción que empecé a hacer para otra cosa totalmente distinta, y acabó de alguna forma convirtiéndose en esto. Me gustaría darle alguna vuelta más, pulirlo y desarrollarlo, así que agradezco mucho cualquier crítica o comentario.

¡Muchísimas gracias por leer!

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Me habían avisado del peligro de ir a las ruinas de metal. Nadie iba nunca, tenía que haber una razón. Pero me negué a creer que fuesen más que cuentos de vieja. Salí de casa aquella tarde soleada, y prometí que volvería antes del anochecer.

Hay una llanura de escombros entre las últimas casas del pueblo y las primeras placas de la ciudad elevada. Son, si la memoria no me falla, las ruinas de una ciudad que en su día se llamó Praga. A veces los niños juegan allí, se traen de vuelta tesoros del antiguo mundo y horrorizan a los adultos con sus descubrimientos. Pero nadie se acerca nunca a la gran estructura de metal que se ve a lo lejos, imponente contra el horizonte.

Siempre fui tan curiosa…

Vivimos en un pueblo que no es más que otro eslabón de la cadena de huidas que forman la historia de nuestra especie. Según se cuenta, nuestros antepasados vivían en lugares muy similares a este, pero temían la amenaza de las bestias y la furia de la naturaleza, así que construyeron las grandes ciudades de piedra, que enloquecieron a sus habitantes. La locura arrasó con aquellas ciudades hasta los cimientos, y elevaron sobre ella las ciudades de metal, pasillos sobre los escombros, abiertos al cielo. Hay historias sobre lo que pasó en ellas, pero lo único que se sabe a ciencia cierta es que también fueron abandonadas. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que la fiebre se apodere de nosotros de nuevo y volvamos a construir en vertical y volvamos a destruirnos? ¿O lo haremos de forma diferente esta vez? ¿Cómo sabremos si estamos tomando los mismos derroteros, si ni siquiera conocemos bien nuestro pasado?

Necesitaba saber de aquello, al menos verlo con mis propios ojos. No sé si esperaba respuestas, pero no podía vivir sin intentarlo.

La travesía de las ruinas me llevó más de lo calculado, pero supe que había merecido la pena según llegué a la sombra de la ciudad y miré hacia arriba. Había algo primario en ella, pese al metal anguloso y duro. Había llegado a formar parte de la tierra, una máquina convertida en un dios antiguo de la naturaleza. Casi podía sentirla observándome en silencio.

Las placas desprendían un calor agradable bajo mis pies. Imaginé el sonido metálico de mis pasos multiplicado por los miles que debieron recorrer esas superficies en su día y empecé a entender lo mucho que nos habíamos distanciado de nuestros antecesores. Cualquiera de nosotros habría sido incapaz de soportar aquel repiqueteo incesante mucho tiempo.

Pero la ciudad tenía una hermosura propia, quizás conseguida con los años de abandono. En los rincones donde se había ido acumulando tierra, en las extensas jardineras que en su día decoraron sus avenidas, se había asentado toda suerte de vegetación salvaje que se enredaba, trepaba, resquebrajaba y deformaba el metal ajado. La pintura descascarillada, los colores difuminados, el óxido… no había nada allá abajo que pudiera compararse.

La ciudad se abría al exterior todo lo posible, como si quisiera beber de los rayos de sol de la tarde. La estructura lanzaba sombras caprichosas en todas direcciones, a veces incluso creando esculturas de luz. Miré hacia lo que quedaba del enrejado sobre mi cabeza, imaginando a los ríos de gente paseando por allí arriba, quizás en un día de mercado, viviendo en aquel sinsentido laberíntico, siendo felices en él.

Mi exploración me llevó hasta los pisos superiores. Había rampas y escalinatas por todas partes, incluso unas pequeñas escaleras secundarias, ya casi comidas por el óxido. Todo estaba lleno de rincones donde sentarse, de callejuelas, de restos de lo que en su día debieron ser estructuras techadas, e incluso encontré un parque de juegos casi derruido. Qué tétricas resultaban sus alegres figuras tan vacías, tan solas y maltratadas por el tiempo.

Di varias vueltas, tratando de recrear la vida de aquel entonces, imaginando los olores, los sabores, los sonidos. Imaginé viajar entre estas ciudades, como soñaron nuestros antepasados antes de que algo truncara sus planes. Paseé junto al borde de la ciudad, la parte que había sido pensada como un puente para conectar con el siguiente núcleo, y dibujé el camino, un pasadizo abierto, bañado por el sol, perdiéndose en la distancia y prometiendo aventura. Había algo emocionante en aquello, algo que supe en aquel momento que no iba a ser capaz de explicar a mi vuelta.

Finalmente, las escalinatas me condujeron a la parte superior, al mirador. Debo admitir que me sobrecogió. Desde allí se veían las antiguas ruinas, la montaña al fondo, los bosques, incluso la aldea. Un viajero, con su casa a cuestas y mirando el mundo desde allí, no habría podido menos que lanzarse a explorar. Aquella inmensidad invitaba a no detenerse nunca.

Detrás de mí se erguía una especie de torre cuya finalidad fui incapaz de adivinar. Pero quería subir más, mirar desde lo alto, y ya había llegado tan lejos… quería verlo todo. Corrí hasta ella, y examiné durante unos instantes los estrechos peldaños. Faltaban algunos, y los que quedaban eran bultos herrumbrosos apenas reconocibles. Pero decidí probar de todos modos.

Los primeros peldaños aguantaron mi peso, y descubrí que, pese a no ser los mejores asideros del mundo, podía agarrarme a ellos con los dedos lo suficiente como para escalar. Así que empecé a subir. Al ascender, el miedo a caer se fue quedando en nada, la emoción me volvía temeraria. Toda precaución olvidada, me impulsé con fuerza desde un peldaño frágil y quebradizo.

Cedió como si hubiese sido de ceniza, y solté un grito al sentirme sin apoyo. Aún no sé cómo, pero logré agarrarme a media caída. Me quedé inmóvil, pegada al metal todo lo posible, notando cómo se me despertaban dolores por todo el cuerpo. El dolor de la frente era intenso e irritante y no me dejaba pensar, aunque el estómago y las rodillas también me dolían con un pulso sordo. Y el brazo… cuando me atreví a mirar, me descubrí un corte espantoso que me recorría el exterior del antebrazo y otro en la palma de la mano.

Bajé con cuidado, y milagrosamente llegué al suelo a salvo. Sólo entonces me di cuenta del silencio.

Había pocos momentos totalmente silenciosos en el pueblo. El viento entre los árboles, los animales, el río… siempre había algún sonido reconfortante de fondo. Pero en aquel momento todo lo que había era silencio, tan tenso que parecía presionarme los oídos. Me resultó parecido al silencio de un gato en el instante antes de saltar a por su víctima.

Empezaba a oscurecer, y quizás fue aquello lo que me hizo querer salir de allí. O puede que sintiera algo moverse entre las sombras. En aquel momento sólo sabía que quería largarme, refugiarme de nuevo entre rostros conocidos y olvidar toda mi curiosidad sobre las ruinas.

Eché un último vistazo a la herida. Sangraba, y supe que necesitaría atención cuanto antes. No quise detenerme a examinarla más y bajé del mirador con paso rápido. Recuerdo que miré por encima del hombro varias veces, sintiendo quizás alguna presencia, unos ojos observándome.

Con la luz mortecina que me quedaba, la ciudad que me había parecido tan cautivadora se me antojaba ahora un lugar de pesadilla. Los hierros retorcidos dibujaban formas terroríficas en mi mente, los rincones oscuros parecían contener toda suerte de horrores. Mi paso se fue acelerando hasta convertirse en un trote asustado, no podía dejar de mirar atrás, en todas direcciones, esperando que algo saltase sobre mí.

Y entonces un golpe metálico resonó con tal potencia que podía haberlo tenido dentro de la cabeza. No recuerdo haber recibido nunca un sobresalto semejante. Salté y eché a correr, ya sin siquiera mirar atrás, sin saber a dónde iba. Bajé rampas y escalinatas, pero cuanto más avanzaba, menos familiar se me hacía mi entorno. Hasta que me encontré con un callejón sin salida y tuve que detenerme. Sólo entonces lo escuché: el inconfundible repiqueteo de pasos, ligeros y tremendamente rápidos.

Miré hacia arriba y sólo fui capaz de ver una sombra escabulléndose del enrejado. Me temblaban tanto las piernas que tardé unos segundo en reaccionar. Empecé a moverme despacio, sin apartar la vista, volviendo sobre mis pasos.

Hasta que sonó el aullido.

Más que un aullido era un grito gutural, espantoso. Era como oír quejarse al metal, un chillido feroz y abrasador que parecía vibrarme dentro como un veneno. Corrí.

La ciudad parecía querer engullirme,  los pasillos que habían parecido ofrecer posibilidades infinitas me cerraban el paso. Los golpecitos sobre el metal habían aumentado de intensidad, y venían de todas direcciones. Me lancé rampas abajo de nuevo, buscando desesperadamente una salida. Y finalmente, tras bajar a trompicones una escalera, encontré el puente hasta el suelo. Pero mi alivio fue solamente momentáneo.

Un gruñido áspero me hizo volverme, y me vi frente a frente con un monstruo.

Caminaba inclinado, apoyando unas manos largas y finas sobre el suelo. Tenía la piel de un color gris azulado, opaca y agrietada. Y me miraba con unos ojos amarillos que parecían tener luz propia, sin pupila visible. Abrió la boca, y puede que fuera mi pánico el que dibujó aquella imagen, pero juraría que por dientes tenía cuchillas brillantes y afiladas.

Retrocedí despacio a medida que la criatura avanzaba, husmeando y profiriendo bufidos roncos. No me atreví a correr ni a apartar la mirada, no mientras tuviera aquellos faros amarillos fijos sobre mí.

Sonó otro bramido a lo lejos, y la criatura volvió la cabeza. No perdí la oportunidad, y eché a correr con todas las fuerzas que me quedaban. Notaba que me iba a estallar el pecho, y la aldea estaba tan lejos… pero sólo podía pensar en escapar.

Escuché un chillido agudo como uñas raspando metal, pero no me detuve a mirar. Notaba que mi perseguidor estaba cerca, notaba su respiración, sus fauces abiertas casi alcanzándome los talones.

Llegué al suelo y seguí corriendo. No me sentía capaz de dar un paso más, pero lo daba, y después otro, guiada por el miedo. Pero apenas podía ver con la poca luz que quedaba, y tropecé.

Caí de golpe, con los brazos extendidos. Me quedé sin aire, un dolor abrasador me recorrió el brazo, y noté que todo me daba vueltas. Mientras me esforzaba por respirar, mi cuerpo se rindió a mi inevitable fin. Imaginé aquellos ojos cerniéndose sobre mí, y supliqué silenciosamente que no doliese.

Pero cuando al fin se me aclaró la vista y logré incorporarme, seguía viva. Miré hacia la ciudad.

Ya no era uno, eran decenas. Todos aquellos pares de ojos me miraban fijamente, como deseando lanzarse a por mí, y mi primer impulso fue echar a correr de nuevo. Pero enseguida me percaté de que no se acercaban. Uno soltó un grito, otro contestó. Gruñían, resoplaban, pero ninguno hacía amago de aproximarse. No quise ver más, me levanté con la intención de volver al pueblo todo lo rápido que me permitiese el cuerpo.

Primero noté la presión en el pecho, como si unas ataduras invisibles me retuvieran, tirando de mí. Jadeando, di un paso, y la presión se hizo más fuerte. Con el segundo paso, las rodillas me empezaron a temblar y, al tercero, cedieron. Me quedé postrada, luchando por respirar, y traté de levantarme de nuevo. Al verme la mano, chillé de puro espanto.

Tenía la piel de los nudillos de un color grisáceo oscuro, rugosa como un reptil. Me miré la palma, que estaba ya totalmente cubierta por aquella capa de piel agrietada. Parecía salir de la herida, que ya no sangraba, sino que se había convertido en una costra negra. Me miré el corte del brazo y descubrí otra costra alargada, de la cual brotaba como un extraño hongo esa piel, cubriéndome el exterior del brazo.

Me rasqué la costra de la mano desesperadamente, pero cada tirón dolía como una brasa quemándome la carne. Angustiada, me froté los nudillos, los restregué contra el suelo hasta que no pude aguantar el escozor. Pero al mirarlos, el único cambio que vi fue que aquel espantoso color se me había extendido hacia el dorso de la mano.

Traté de avanzar de nuevo, a gatas, mientras mi respiración laboriosa se iba convirtiendo en un sollozo. La vista se me nublaba, y cuanto más me acercaba al pueblo, más me costaba moverme, respirar…

Otro de aquellos aullidos resonó por las ruinas, y sentí que me estaba llamando. Pero mantuve los ojos fijos en las lejanas luces del pueblo y seguí avanzando.

Tenía una promesa que cumplir.

 

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Ciudad Maldita by Eva Duncan is licensed under a

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