Transformación

El texto de hoy es una escena en un relato más largo que aún está por concluir. La cosa es que me gusta tanto describir sentidos potenciados que no puedo evitar dedicarle párrafos y párrafos cada vez que surge la oportunidad. Esta escena en concreto me quedó exactamente como yo quería, y me gustaría compartirla aunque sea fuera de contexto.

¡Muchas gracias por leer!

 

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La hierba estaba helada bajo mis pies, y el viento mordía mi piel desnuda con saña. Mis músculos protestaban a cada paso, pero no podía dejar de correr. Su voz ya había quedado atrás, y sólo oía el viento entre las hojas. Me había dicho que lo pusiera todo en esa última carrera.

Sentía algo en el pecho, algo que intentaba salirme a raudales por la garganta. No podía permitirme ceder, tenía que seguir corriendo. Mis pasos se volvían más débiles y temblorosos a medida que mi respiración se entrecortaba, inundada por aquella sensación angustiosa y abrumadora. Un demonio intentando abrir sus alas negras dentro de mi pecho.

Y entonces dejé de ver. Estaba ardiendo, envuelta en llamas, su rugido ensordecedor me rodeaba, me entraba hasta los pulmones, carbonizando, reduciéndome a polvo. No quedaba nada de mí.

 

Estallé.

 

Durante unos instantes, fui ceniza suspendida en el aire, inmóvil, la carcasa pulverizada de esa bestia negra que ahora se desperezaba, libre.

Y mis patas tocaron el suelo.

No logré sostenerme al principio, y fui a dar de bruces contra la hierba. Ya no estaba helada, tenía un suave frescor que me empapaba el pelo y se me colaba entre los dedos, apagándome el fuego. Lamí las suaves briznas, y el sabor a tierra pura me inundó las fauces. La olfateé, me revolqué en ella, notando la humedad resbalarme por el cuerpo.

Y al fin me incorporé, con la cabeza cerca del suelo y las cuatro zarpas palpando el barro. Como siempre debió ser. Eché a correr.

Me deleité en la potencia de mi salto, notando cada músculo al flexionar las patas, impulsándome con fuerza, disfrutando de ese momento liviano justo antes de caer. Mis palmas suaves y elásticas me recogieron, mientras me preparaba para lanzarme hacia delante de nuevo. A medida que me unía a mi cuerpo, iba captando más sensaciones. El viento revolviéndome el pelo, el agua de la ramas bajas salpicándome las orejas, los minúsculos movimientos de mi cola haciendo de timón, las imágenes blancas de lo que no lograba ver con los ojos dibujándose en torno a mi cara.

El bosque había dejado de ser un lugar oscuro y traicionero. La luna llena lo bañaba de una luz tan intensa que combaba los colores, y mi cuerpo ágil se escurría sin dificultad por sus caminos escondidos, parte de una memoria ancestral.

Empezaron a llegar los aromas de la noche. Agua, barro, hojarasca, madera húmeda, frutos y aire del norte. Allá, en una madriguera entre las raíces de un árbol, una coneja con sus gazapos. Una lechuza posada en una rama. Caminos ácidos de carcoma bajo la corteza de los troncos viejos.

 

Y a lo lejos, un olor familiar.

 

Mi paso se redujo a un trote, y levanté las orejas. Todo un mundo de sonidos apareció a mi alrededor, como resaltado por un faro. El bosque tenía su canción propia, de la cual no había podido escuchar más que unas notas hasta ese momento. Podía distinguir a los insectos y a los pájaros, las agujas de pino, el trote de los ratones y el aleteo de los murciélagos. Hasta que una nota llana, ululante, me distrajo de todo lo demás.

Levanté la cabeza y aullé.

Me respondieron cantos ascendentes, emocionados e intrigados, llamándome. Me daban la bienvenida. Corrí hacia ellos de inmediato.

El aroma de la manada era pardo como el musgo, con trazos fríos, tan distinto al del bosque. Estaban lejos de casa.

Me sentí envuelta en su aroma mientras corría, y los vi aparecer poco a poco, trotando a mi lado, acercándose a verme, a olerme. Eran enormes, casi todos, y sus pelajes tenían colores que jamás había visto. Una hembra rojiza soltó un gañido juguetón al pasar por mi lado y me adelantó, desafiante. Correr me suponía tal gozo que no pude evitarlo, la perseguí. Un macho blanco, de pelaje denso y largo, me cerró el paso para después echar a correr, brincando como un cachorro. Gruñí con tono revoltoso y me lancé tras él, imitando sus saltos.

El río fluía cerca, y la manada se acercó a beber. Pude verlos con más claridad entonces, algunos vigilando, otros comiendo y otros calmando la sed. Muchos se acercaron a saludarme, y sentí una infinita alegría ante su emoción. Eran mis hermanos, y les hacía felices tenerme allí.

Una hembra negra se me acercó serena y pausada. Me miró fijamente con sus ojos ambarinos antes de saludarme con un roce del hocico. Echó a andar río arriba, se detuvo y me miró, como invitándome a que la siguiera. Troté tras ella hasta un montículo desde el que se veía el valle. La vi olfateando cuidadosamente el aire, y la imité. No tardé en encontrar, lejano pero inconfundible, el olor a jabalí.

La loba aulló, llamando a la manada, avisándoles de que había comida cerca. Cuando el canto regresó, avisando de que estaban en marcha, ella me miró y echó a correr colina abajo. Tardé unos instantes en entenderlo. Me había invitado a mi primera caza.

Aullé largamente, dando las gracias, y me lancé tras ella.

 

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Transformación by Eva Duncan is licensed under a

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