Día 4: vagando sin rumbo

Parece que cuando estás de vacaciones, siempre tienes que estar haciendo algo. Visita esto, haz aquello… una ventaja que tenemos las introvertidas con mucha imaginación es que podemos hacerlo sin movernos y gratis. Bueno, quizás al precio de un café en esta misma terraza. Un bar cualquiera, que podría estar a la vuelta de la esquina, en mi barrio. Vaya un forma de pasar un día de vacaciones. Pero por dentro todo es más interesante.

Hace un día sencillamente increíble. Llevo el visor del casco levantado mientras entro en la ciudad, pero aun así, hace calor. El tráfico se mueve silenciosamente, con una fluidez perfecta. Ahí está la estación, lo primero que se ve al entrar, y el mar. Todos los edificios son tan bajos que se ve la costa desde lejos.

Es una ciudad llena de gente. A cada dos pasos aparece algo destinado al entretenimiento: un rocódromo, unos recreativos, un campo de tenis, una biblioteca, una escuela de submarinismo, una galería de arte… hay para todos los gustos. Y hay comida también, por todas partes, variada, exquisita.

La gente pasea con calma, charlando animadamente, tomándose las cosas a su ritmo. No hay una cara preocupada a la vista. Hasta los edificios, de un relajado color arenoso, parecen estar tumbados al sol.

Aparco la moto para darme una vuelta a pie. Al callejear, la ciudad revela parte de su caos. Un desorden amable, familiar, que hace que hasta perderse sea una experiencia agradable. Hay plazoletas escondidas, rincones para descansar, callejones con murales… cada paso trae una sorpresa.

Pero no tardo en ver detalles que me resultan familiares. He visto esta fuente antes. Creo que he pasado por este jardín hace un rato. Sí, desde luego, conozco este parque. Estoy dando vueltas.

Cambio el rumbo, quiero ver algo diferente. Tras una caminata larga, las callejuelas pintorescas me sueltan al fin, y estoy en el paseo marítimo.

Está empezando a caer la tarde. Ya no hace tanto calor, tampoco se ve a tanta gente. Camino al lado del mar, disfrutando del sonido de las olas. La luz se hace más tenue a medida que avanzo, como si caminase hacia el interior de una cueva. El sonido de las olas se desvanece también, poco a poco, hasta que mis pasos sobre los adoquines son lo único que oigo.

Se encienden las farolas. Luces blancas que iluminan una calle desierta. Al fondo, una catedral, resaltada en tonos anaranjados contra los tejados oscuros. Camino hacia ella.

A mi izquierda aparecen las ruinas de lo que debió ser una pared en algún momento, medio devoradas por un ficus enorme. Veo más a medida que avanzo, trozos de calle en los que las baldosas dan paso a tierra amarillenta y roca desgastada.

Paso por debajo de un arco, y el color atardecer de los focos me envuelve. Estoy en un castillo, o más bien lo que queda de él. Por las ventanas no se ve nada. Sigo caminando.

Las sombras son caprichosas y confusas, y veo algo que se mueve por el rabillo del ojo, pero cuando me giro, no hay nada. Parpadea una luz, otra falla. No se ve el techo ni el final del pasillo. Solo las altísimas paredes de piedra vieja, mudas y frías. Aprieto el paso. Quiero salir de aquí.

Subo unas escaleras casi a oscuras y noto que estoy al aire libre. Todo está muy oscuro, pero se ven las estrellas. Hay un caminito ante mí, estrecho y serpenteante, que se pierde en la penumbra. Promete algo, no sé si interesante o terrible. Algo me llama a seguirlo.

Doy unos pasos titubeantes, pero me detengo. Miro detrás de mí. Hay una calle amplia, recta, inundada de luz blanca de farola.

Vuelvo a mirar al frente, a la oscuridad. No tengo por qué hacer esto, hoy no. Tengo que irme.

Y, como si nada, vuelvo a estar al sol, con mi café aún caliente. La inquietud se me evapora lentamente de la piel, vuelven los colores, los sabores, los sonidos. Me encanta poder soñar despierta de esta forma.

La próxima vez, tengo que recordar ir por el sendero oscuro. En la avenida no se ven las estrellas.

 

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Muy a menudo, me da miedo profundizar en los miedos. Muy meta todo. Y hoy ha sido un día duro, creo que no era el momento de entrar ahí.

Pero también ha sido un día precioso. He visto el centro de Tarragona por primera vez, y me encanta. Estoy con un gran amigo. Tengo una suerte increíble de tener gente tan magnífica a mi alrededor.

Mañana sigo mi camino. Mañana empieza esto de verdad. Puedo hacerlo.

Vila-seca, 4 de agosto de 2017

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