Día 6: canciones sin nombre

Lo entendió todo entonces, bajo el árbol, con el sonido de la lluvia. Entendió por qué se había marchado sin despedirse, ni siquiera de ella. Hacía años que no visitaba ese recuerdo. Lo había dejado estar, como una herida vieja, sin prestarle demasiada atención. No le era posible comprenderlo, no tenía a nadie a quien hacer preguntas. Era como un secreto de los que queman por dentro. Solo que peor, porque todo el mundo a su alrededor sabía que lo llevaba consigo, y nadie podía hacerlo más llevadero.

Había dejado de doler al final. Pero había dejado huella. Tan poco tiempo juntas, pero su risa traviesa, sus carreras por los pasillos, su música, incluso sus rabietas y su mal humor habían empapado todas las paredes de la casa.

Lo más difícil de aceptar era no haber visto la melancolía profunda que traía consigo. Haberse dejado engañar por la melodía alegre de sus canciones, cuya letra nadie entendía, y por la que nadie preguntó nunca. Aunque puede que, en el fondo, todos supieran que pasaba algo, algo en lo que nadie quería escarbar.

Durante mucho tiempo, se había culpado a sí misma de su marcha. Había rabiado contra su recuerdo, llorado, odiado, echado de menos. Pero tardaría años, tendría que viajar lejos, para comprender realmente lo ocurrido.

Aquella tarde de marzo, lejos de su hogar, con la espalda surcada por meses de añoranza y la cabeza alborotada por los cambios, volvió a ver su carita. Sintió su pena, su desesperación, su desgarradora y muda certeza de que estaba sola y lo iba a estar siempre.

 

No se fue por odio, ni por despecho, ni por capricho. Se fue porque el único sonido que le era familiar era la lluvia.

 

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Hoy he tenido un súbito ataque de empatía con varias personas a la vez. Creo que nunca me había sentido tan torpe y tan incapaz de algo como hoy. Mi saturación mental alcanza tales límites que apenas soy capaz de asentir cuando me hace una pregunta de sí o no. Yo pensaba que sabía lo que era sentirse inútil, incapaz, un estorbo. Bueno, quizás sí lo sabía, pero no recuerdo esta intensidad en ningún otro momento. Aunque ya se sabe cómo son las emociones, siempre quieren ser «el mejor momento de tu vida», «el dolor más grande»… Son de un egocéntrico insoportable.

En fin, que he empatizado mucho con las reacciones de rabia ante la frustración y la sensación de no ser suficiente.

Tras un par de horas de silencio total, me encuentro mejor.

Estoy en medio de la nada, y esto es precioso. Ver atardecer en el campo y escuchar los sonidos de la noche… necesitaba esto.

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Parece que el trabajo va a ser abundante y duro, pero creo que le sacaré partido. O eso espero.

Cahors — Tournon d’Agenais, 6 de agosto de 2017

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