Día 7: el clan

—¿Y todo esto lo has hecho tú?

Mati miraba la terraza, asombrado. Diana no podía evitar ver las imperfecciones, los tornillos torcidos, el espacio entre las tablas, el agujero que no había conseguido tapar. Pero para él, era fascinante.

—Sí —contestó—. Toda la terraza, y la buhardilla de ahí también, y todas las escaleras.

—Hala… pero ¿cómo? ¿Quién te ayudó?

—Nadie… no sé, miré cómo hacerlo en internet y lo hice.

Tenía doce años y aún era un crío. Todo le interesaba. Si había algo en lo que pudiera participar, ahí estaba. El primero en echar mano de las herramientas cuando había algo que hacer, y el último en soltarlas. Diana recordaba su primer verano allí, tres años atrás, cuando había aparecido un niño flaco y desgarbado preguntando si podía ayudar a cortar leña. Sus padres no daban abasto con toda su energía, y trataban de entretenerle con lo que fuera con tal de que no molestara. Hasta que Diana le invitó a ayudar. Cuando le vieron regando, recogiendo fruta, pintando, lijando y, en definitiva, haciendo cualquier cosa que se le pusiera a tiro, supieron que volverían. Y así lo hicieron, verano tras verano. No eran los únicos.

Desde la terraza, se veía a la familia de Verónica, que crecía de un año para otro. Siempre llenaban la casa grande entera, pero a ese ritmo, habría que construirles otra. Ese mismo año habían incorporado al viaje a una mujer a la que Diana no conocía, aunque empezaba a sospechar de dónde había salido.

También estaban Bruno y Saúl, que venían todos los años con sus vinos espectaculares y su español chapurreado; y Samantha, que acampaba sola en la pradera; y las hermanas senderistas que siempre se hacían su ruta juntas en las mismas fechas.

Diana no podía evitar emocionarse cuando volvían. Durante unos días, a veces semanas al año, eran su familia.

Siempre costaba volver a la realidad cuando se marchaban. Hacerse a la idea de que sólo habían reservado dos semanas. De que volvían a sus vidas.

A veces, Diana se olvidaba de que el plan original no había salido como ella quería.

Por suerte, había pocos meses de soledad total. En verano, las barbacoas al aire libre, los paseos por el monte y los niños jugando en la hierba. En invierno, la estufa y los cristales empañados, las guerras de bolas de nieve y las carreras de trineos. Aquel paraíso siempre tenía su atractivo, y siempre había gente yendo y viniendo.

Y cuando no, estaban sus dos gatos enormes, medio asilvestrados pero mimosos, y la galga negra que había aparecido en su puerta al poco de empezar la aventura.

Había salido todo bien al final. No es que no hubiera momentos difíciles, pero ya podía decir, con todo el orgullo del mundo, que había perseguido su sueño, luchando por él con todo lo que tenía y que había conseguido todo lo que estaba en su mano.

Siempre había una pequeña vocecita de fondo que le decía que quizás podría haber sido distinto. Si hubiera tenido las cosas más claras, quizás los demás lo habrían visto claro también. Si hubiese tenido más carisma, puede que la hubieran seguido. Si hubiese podido buscar a tiempo a alguien que sí quisiese iniciar esa aventura…

—¡Diana!

El grito de Mati la sobresaltó.

—¡Tienes una escalera sin acabar aquí! —dijo, tan alborotado que no podía estarse quieto.

—Claro, ¿creías que lo iba a poder construir todo sin tu ayuda?

—¿Puedo? —preguntó con la voz entrecortada.

—Por supuesto.

Si la hubieran seguido, pensó con una sonrisa complacida, puede que nunca hubiese conocido a Mati. Desde luego no habría conocido a Laura, su ayudante ocasional, ni a toda la gente que había ido apareciendo para ayudarla a terminar un proyecto imposible.

Aquella tarde, Mati puso un granito de arena más en la creación del albergue. Cenaron todos juntos en la mesa grande, y Diana se retiró pronto, completamente agotada.

Amaneció con una brisa fresca que movía las cortinas. A lo lejos, en la pradera, se oía una flauta. Diana se quedó acurrucada en la cama, sintiendo la felicidad calmada y sanadora que le llenaba el vientre. Volvió a mirar las letras caligrafiadas en la pared con tanto esmero, al principio de todo. El significado había cambiado, pero seguían siendo su verdad. Seguían hablando de su vida.

«Hogar es despertar con vuestra música».

 

—————————-

Todo es muy distinto a lo que estoy acostumbrada, pero me gusta. Me imagino viviendo así incluso. Seguramente me cansaría rápido, pero me encanta soñar.

Las cosas siguen igual. Todo está muy quieto. Una semana así… ¿me aburriré? Pero es todo tan bonito… Pero hay tan poco que hacer…

Aunque esto de las trabacaciones tiene tela en realidad. No paro, y cuando tengo un rato para mí, solo quiero dormir. Es raro, no sé si me acostumbraré. No es esto lo que me esperaba.

Solo es el segundo día… puedo con esto.

Tournon d’Agenais, 7 de agosto de 2017

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