Día 8: caza por persistencia

Aquella mañana, cuando Jana bajó a beber al río, volvió a ver la sombra. Ya no se escondía, sino que la observaba con ojos perezosos, tumbada sobre los juncos como un lagarto enorme, relamiéndose de anticipación. Se había hecho más grande. Jana suspiró con resignación y volvió al campamento. Era hora de marcharse.

No tardó en tenerlo todo listo. Lo había hecho tantas veces que salía casi por reflejo. Se echó el macuto a la espalda y echó a andar. Ya no miraba el mapa, no lo necesitaba. Hacía días que caminaba sin destino. Solo necesitaba mantenerse cerca del agua, en lugares cálidos y seguros. El resto daba igual.

Era más fácil ahora, sin tener que peregrinar hacia los lugares en lo que creía que encontraría ayuda. Ya no tenía que subir montañas, ni atravesar desiertos, ni internarse en ciénagas. Bastaba con mantenerse viva.

La sombra se escondía menos ahora que estaba sola. Cada vez que Jana miraba hacia atrás, allí estaba, encaramada a un árbol, entre los arbustos, o simplemente avanzando por el camino tras ella con sus pasos pequeños y constantes. Daba la impresión de que podría alcanzarla en cualquier momento si quisiese, que solo estaba jugando un rato antes de atacar.

Era más fácil, pero también tenía menos sentido. Se hacía más difícil seguir huyendo. Por más que la apartaba, se seguía haciendo la misma pregunta una y otra vez. «¿Para qué?».

El recuerdo de la última vez que la había alcanzado era lo único que la hacía seguir. El dolor, la lucha por desprenderse de ella, la impotencia… se estremecía solo de pensarlo. Apretó el paso.

Solamente cuando la perdió de vista se permitió un descanso. No podía acampar aún, sabía que no andaba lejos, pero necesitaba comer. Se sentó sobre unas rocas junto al río a terminarse lo que le quedaba. No había tenido tiempo de reunir suficiente, la sombra cada vez tardaba menos en llegar.

Jana no era cazadora, y apenas sabía buscar comida. Había tenido que aprender a marchas forzadas durante su huida, pero seguía sin dársele del todo bien. Arwan era la que sabía, y hacía tiempo que se había marchado.

Hubo quien se fue antes de que empezara todo, cuando Jana proclamó que mataría a Kono, la bestia del lago. Se ofrecía una buena suma por darle caza, y en la zona no había nadie con el valor suficiente para hacerlo.

Los habitantes del pueblo la avisaron de que no era un simple animal, sino un semidiós antiguo, un espíritu protector. Varios le suplicaron que no lo hiciera, que sería la ruina para su gente. Pero Jana, envuelta en los vítores de su clan, no quiso escuchar.

A la mañana siguiente, se enfrentó a un ser colosal, de espalda acorazada y mandíbulas formidables. Ni siquiera necesitó ayuda para acabar con él. Los problemas vinieron después.

La primera vez que vio a la sombra, supo de inmediato que algo iba mal. No era mucho más grande que una lagartija entonces, pero su cuerpo cambiante y escurridizo no prometía nada bueno. La ignoró al principio, hasta el primer ataque.

Jana solo recordaba el dolor y la sensación de estarse muriendo. Al despertar, la mitad de su clan se había marchado. De las respuestas evasivas de las guerreras que quedaban, pudo deducir que había entrado en una especie de trance. Nunca supo exactamente qué había pasado.

Y así empezó el peregrinaje de pueblo en pueblo, buscando la sabiduría de sus gentes, buscando a alguien que supiese librarla de la maldición. La esperanza las mantuvo unidas al principio, pero poco a poco se fueron marchando. Solo Arwan se quedó hasta el final, hasta el momento en que Jana se resignó a seguir sola.

El río fluía apacible, podía ser un buen momento para pescar. De todas formas, no tenía suficientes provisiones para seguir mucho más tiempo. Sacó los utensilios de pesca y se sentó junto al agua. Respiró profundamente y trató de relajarse. Su respiración se fue haciendo más pausada, se le entrecerraron los ojos, la espalda se le relajó poco a poco. Hacía tiempo que no disfrutaba de tanta calma.

Cuando abrió los ojos, la sombra estaba sentada a su lado, pero Jana no se sobresaltó. Ya casi le llegaba por el hombro, y había cogido un aspecto mucho más amenazador. Sin embargo, no tuvo miedo. Había entendido por fin que algún día la alcanzaría, fuese donde fuese. No podía seguir huyendo siempre.

Abrió los brazos y la invitó a entrar.

——————

Bueno, tenía que llegar el día malo, y aquí está. Hoy estoy triste, y toda esta novedad está pudiendo conmigo. Se pasará, pero hoy daría lo que fuera por estar de vuelta en casa. Echo tantas cosas de menos, y me siento tan lejos…

Tercer día… aguantando.

Tournon d’Agenais, 8 de agosto de 2017

 

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