Día 22: aprendiendo idiomas

Notaba la inquietud apenas disimulada en sus ojos, tan claros, tan diferentes. Sonrió de la forma más convincente que pudo. Les había traído la tristeza hasta su puerta, y ahora no sabía qué hacer con ella. Habría querido explicarla, mostrarla, reírse de ella, hacerla pequeñita, lanzarla desde lo alto de la colina y perderla de vista entre las nubes del cielo abierto. Pero era como soltarle la correa a un lobo gigante en un grupo de gente con fobia a los perros.

Así que la guardó en la cajita de cosas de las que encargarse más tarde y se dedicó a pasárselo bien. Eso sí que sabían hacerlo. Y tras varios días riendo, bebiendo, disfrutando de la brisa fresca del monte y viendo las estrellas, la sonrisa se hizo menos tensa y las carcajadas más sinceras.

Hay amistades para llorar y recibir consuelo, y hay amistades para irse de cañas. Hay gente que levanta muros a la amistad que son insalvables. Notaba esos muros cada vez que la conversación derivaba hacia sentimientos oscuros. Era gente con la que disfrutar de los buenos tiempos.

Un día se levantó y no pudo sacar el ánimo de la cama. En silencio, se sentó sobre el muro y miró al horizonte, de espaldas a la casa para esconder las lágrimas. Dedicó un rato a tallarse una sonrisa y a reunir suficientes ganas de hablar para aguantar el día.

Cuando volvió con ellos, el desayuno estaba listo. Café, té, una bolsa de la panadería del pueblo, el tomate en rodajas, como a ella le gustaba. Y mientras comían, le contaron los planes posibles para el día. Ella captó una mirada entre ellos, apenas un segundo, y comprendió.

De pronto, como quien lee su libro favorito en versión original por primera vez, vio los andamios de la historia que había creído entender. Vio lo que había debajo de los planes variados, la comida rica, la invitación a las vacaciones. Se estaban expresando en su idioma, que no tenía palabras ni contacto físico, pero sí el mismo amor que cualquier otro. «No te vamos a dejar sola», le decían con cada gesto.

Y dedicó los días a llegar al nivel avanzado de dejarse mimar a distancia.

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Este sitio es un paraíso. Se ve todo el pueblo desde el jardín de la casa, y las montañas al fondo. Todo está en silencio excepto por algún ruido de la casa de los vecinos. Parece un buen lugar en el que lamerse las heridas. El vino es delicioso, la comida también. Estoy en buena compañía. Bienvenida, fase cuatro, eres justo lo que necesitaba.

Pézenas, 22 de agosto de 2017

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