Día 29: volver

Volver a los sitios que habitabas en tu infancia siempre es una experiencia rara. A veces reveladora, a veces nostálgica, a veces traumática, pero siempre distinta de lo que te esperas. Estos colores eran más brillantes, este pasillo más grande, este mueble era mucho más suave, que me acuerdo que me pasaba la vida tocándolo porque era genial y siempre me echabais la bronca porque lo dejaba lleno de huellas dactilares de chocolate. Teníais un perro. ¿Las escaleras eran así de pequeñas? Parecían eternas cuando me quedaba dormida en el sofá y tenía que subir a rastras a la cama. Había una estantería llena de libros, que me iba leyendo poco a poco, pensando en leerme todos cada uno de ellos como un reto imposible. Ahora la veo pequeña, y solo hay tres títulos que no me he leído nunca. Tres del barco de vapor, nada menos. Igual de esta me los acabo de leer y todo, por completar objetivos. Leer todos los libros de la estantería de mi prima: check. Qué se le va a hacer, cada cual con sus fetiches.

Me he ido de tantos sitios y he vuelto de tantos otros que esta sensación se me hace hasta rutinaria. Pero siempre me sorprenden los recuerdos. Esas escaleras en las que prometí que me reuniría al menos una vez al año con una persona que me partiría el corazón tres meses después, ¿cómo se me habían olvidado tan completamente?

Y ya, cuando le enseño a alguien una ciudad nueva, es desternillante. ¡Mira! En esa cafetería conocí a este amigo mío al que no conoces pero que fue muy importante para mí durante un par de años. ¡Oh! Aquí vomité, semiinconsciente, en mi primer botellón. ¿Ves es verja de ahí? La tenía que saltar cada vez que quería «fugarme una clase». Oh, dios, yo hablaba así, y me sentía taaan rebelde por escaparme del instituto y fumar detrás del edificio…

Volver a sitios y hacer recorridos por mi vida es terapéutico. Me recuerda lo que he avanzado, lo que he crecido, lo que he hecho conmigo misma pese a las circunstancias. A veces duele un poco también, pero bueno, la vida duele. Lo disfruto igual. Me encanta irme, y me encanta volver.

¿Por qué entonces, hoy que al fin he dejado caer mi mochila en mi cuarto y mi cuerpo agotado en mi propia cama, me siento tan vacía?

Primera noche en mi casa. Me siento fatal. Sorpresa. Tengo miedo y no quiero volver a mi vida. No sé lo que quiero, pero quiero otra cosa, cualquier otra cosa.

 

Madrid, 29 de agosto de 2017

 

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