Día 20: traidora

—¿Tú qué haces aquí? Pensaba que ya no luchabas con nosotros.
Levantó la cabeza. Había intentado pasar desapercibida en un rincón, inmersa en un libro, pero no había funcionado.
—Os estoy apoyando —murmuró—. Sigo estando de vuestro lado.
—Estás ocupando un espacio que no te pertenece. Colocándote méritos que no son tuyos.
—¡No! No, solo quiero… sigo estando de acuerdo con todo, es que…
—Pero no lo suficiente como para ser consecuente.
Ella guardó silencio. Sabía que nada de lo que dijera iba a surtir efecto.
—Tienes mucha suerte de poder tomarte un descanso. La mayoría no tenemos esa opción.
Y tenía razón. Quizás no debería haber venido. Puede que hubiera sido mejor idea apartarse hasta que pasara todo, hasta que volviese a estar preparada. No tenían, no podían tener tiempo para gente como ella.
—Lo siento…
—Deberías irte.

Horas después, en una cafetería, cuando oyó las risas y las burlas a costa de su gente, quiso intervenir. Pero ¿en nombre de quién? Se encogió en su silla en silencio. Entre dos mundos, pero parte de ninguno.
Algún día volvería. Encontraría el camino de vuelta como fuese. Su sitio estaba en ese bando, por cómodo que fuese vivir en el lado del poder.

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Ha sido un domingo tranquilo, silencioso y peculiar. He estado en el albergue casi todo el día, y me he sentido tan en casa… Ni siquiera he hecho turismo, me ha hecho feliz estar aquí, con un hostal internacional por oficina. Me encantaría vivir así, de ciudad en ciudad, trabajando con el ordenador y viendo a gente de todas partes del mundo todo el rato.
Me gusto más cuando viajo.

Toulouse, 20 de agosto de 2017

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Día 19: a poquitos

«Recuperar a un perro como él no es cuestión de un día, ni una semana, ni un mes. Es una terapia que le durará toda la vida. Hay heridas que no se curan, pero se hacen más leves con el tiempo, y hasta llegan a olvidarse. Seguro que esto no te resultaría raro en una persona. El hecho de que sea un perro no cambia tanto las cosas como puede parecer. Gus es un perro increíble, te lo digo por experiencia. Pero no tiene forma de saber que la comida que le estás poniendo delante no va a ser la última. Cuando le acercas la mano, no sabe si viene una caricia o un golpe. Cada vez que le sueltas, no sabe si vas a desaparecer para no volver. Se acuerda de todo lo que le ha pasado, y una vez lo ha visto, ¿cómo sabe que no va a volver a ocurrir? No puedes calmarle con palabras, no puedes prometerle nada, no puedes decirle que todo va a salir bien, ni declararle tus buenas intenciones. Lo único que puedes hacer es irle dosificando el miedo, llevarle a esos sitios que le asustan, pero a poquitos, en cantidades que no le abrumen. A veces no medirás bien, y retrocederéis, y puede que desesperes y pienses que no es posible. Sabes que seguimos aquí para apoyaros si eso ocurre, y que puedes incluso rendirte cuando quieras. Pero también sabes que es posible, si estás dispuesta a dedicarle el tiempo suficiente. Irá viendo de lo que es capaz, irá viendo que las cosas no dan tanto miedo como él piensa. Irá dándose cuenta de que el mundo no es tan terrible ni él tan débil. Os deseo muchísima suerte a los dos, y recordad que no estáis solos».

Cuando terminó de leer el correo, tenía lágrimas en los ojos. Lo había enviado hacía años a una persona que no era ni conocida ni amiga, un mensaje de ánimo para la nueva aventura que acababa de emprender. Un perro adulto lleno de fobias, agresivo y con síndrome del abandono, no había mucha gente que se atreviera con algo así. Pero había funcionado. No solo eso, había encontrado una amiga por el camino. Y ahora esas palabras volvían, acompañadas de un mensaje.

«Puede que te parezca algo insignificante, pero sé lo que ha significado para ti lo que acabas de conseguir. Estoy muy orgullosa de ti».

Rompió a llorar. El miedo a poquitos, en realidad se reducía a eso. Lo había hecho tantas veces, esta podía ser una más. Más difícil, más compleja, pero solo una aventura de tantas.

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Hoy ha sido un día movidito. Siete horas de viaje, y luego dos horas perdida en una ciudad que no conozco. Estoy poco acostumbrada y a veces no tomo las mejores decisiones. Pero he llegado. Y me llevo unas cuantas lecciones sobre cómo reaccionar ante el pánico y la incertidumbre. Si me pongo a pensar en el momento, me hace hasta gracia. El relato no ocurrió realmente, pero hoy sí que me he recordado a mí misma a algunos de los perros de la protectora. Oh, dios mío, el tren que iba a coger está cancelado, ¿ahora qué hago? Será mejor que eche a andar en una ciudad desconocida siguiendo el infalible Google Maps. ¡Oh, no! Google Maps me ha perdido, será mejor que siga fiándome de sus indicaciones. Me he metido en un barrio chungo y sin un taxi a la vista, voy a seguir andando hasta que aparezca algún tipo de medio de transporte. Hasta que en un momento algo hace clic. Pero si he hecho esto doscientas veces. He vivido en unas diez ciudades, y he aprendido a orientarme en ellas sin ayuda. Sé buscar el centro, sé preguntar, sé consultar planos, sé encontrar las rutas que Google Maps no muestra. ¿De dónde leches sale todo este miedo? Y entonces encuentro la estación, encuentro el tren, encuentro el hostal. Llego mientras cae la noche.

Tengo herramientas para sacarme de aprietos, y de todas formas, el mundo tampoco es tan complicado. Tendré que pensar más a menudo en los perritos cuando me encuentre en situaciones estresantes. ¿Qué vas a hacer? ¿Echar a correr en la dirección que parezca menos peligrosa o pararte a evaluar el problema real y afrontarlo?

Secondigny — Toulouse, 19 de agosto de 2017

Día 18: con dos miradas

La luz gris me avisó en cuanto abrí los ojos: iba a ser un día lluvioso. Entraba frío por la ventana, y me arropé, metiendo la cabeza debajo de las sábanas. Se estaba bien ahí quieta. Pero el despertador rompió la tranquilidad de golpe a las siete en punto. Sobresaltada, me incorporé de golpe, y lo apagué con un manotazo torpe.
Me asomé por la ventana. Ya caían las primeras gotas, oscureciendo el camino. No había viento, y todo estaba completamente quieto. Me lavé la cara, me vestí y volví a mirar. Caía fuerte ahora, y la luz tenue, húmeda y gris resaltaba goterones que parecían granizo. El sonido melancólico del agua era todo lo que se oía.
En el prado, la burra blanca se refugiaba bajo un árbol. Tenía el pelaje cubierto de barro y las orejas gachas y, con sus ojos de animal triste, tenía un aspecto lastimoso. Los demás debían estar a cubierto, o escondidos en alguna parte.
La capa de nubes cubría el cielo por completo. Ni un solo resquicio de cielo azul. No habría mucho que hacer durante el día. La ropa tendría que quedarse tendida dentro, y el día consistiría básicamente en estar quieta en una habitación con olor a humedad, buscando entretenimiento desesperadamente bajo la luz de la lámpara. Eso o salir y empapar una de mis pocas mudas de ropa, que a saber cuándo volvería a estar seca.
A los árboles ya empezaban a pesarles las hojas, que se pegaban a las ramas como posos de té. Parecían adormilados por el mismo sopor de mañana lluviosa que me pesaba sobre los párpados. Cerré la venta y bajé a hacerme un café. El café siempre ayuda.

Vamos a probar otra vez…

Me desperté con la luz que entraba por la ventana. Soplaba una brisa fresca muy leve que aliviaba un poco el calor de la tarde anterior. Me arropé un poco. Me encanta el calorcito de las sábanas cuando fuera hace frío. Me quedé un rato en ese delicioso estado de duermevela, hasta que sonó el despertador. Lo apagué y salí del iglú de edredón y sábanas.
Me asomé por la ventana. Estaba empezando a llover, y el aire estaba limpio y fresco. Las gotas moteaban el camino poco a poco, metódicas como un niño coloreando. El viento había parado, todo estaba quieto, solo se oía una gota contra el cristal de vez en cuando. Fui a acicalarme un poco, y el agua en la cara me terminó de espabilar. Me puse ropa abrigada y me volví a asomar.
La luz se reflejaba en las gotas de tal forma que parecían luminosas. Había empezado a llover en serio, y el aire susurraba. Me quedé embobada mirando el prado, regado por pequeñas esquirlas de luz. La burra blanca se había refugiado bajo un árbol. Tenía las orejas gachas y el hocico inclinado hacia delante, como si disfrutara del aire fresco y libre de moscas. Siempre se quedaba a olfatear la lluvia cuando todos los demás se escondían.
El cielo parecía un edredón blanco enorme, una capa suave y uniforme envolviendo el mundo con suavidad. Iba a ser un día tranquilo. Nada de trabajar duro, estos días son para dejarse arropar, para pensar y para escuchar. O para salir a correr bajo la lluvia, y volver con la piel fría y el calor por dentro, riendo como cuando, de niña, saltaba en los charcos.
Los árboles del camino ya estaban empapados, con las ramas pardas y pesadas de agua. Pero no las enredaderas, con sus colores inmutables, ni las zarzas, sacándole los colmillos a la lluvia como bestias orgullosas. Este tiempo hace que todo parezca diferente, pero cada cosa a su manera.
Cerré la ventana y bajé a desayunar, anticipando ya el sabor de un buen café.

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Esto ha sido un experimento más mental que literario. Y es alucinante cómo funciona. Es genial esto de aprovechar los momentos buenos para mantenimiento de herramientas que me vendrán bien en los malos. Tengo que hacer esto más.
Pues hoy, como ya venía anticipando, ha sido un día muuuuuy quieto. Pero todo bien. A vece me gustan los días así. Dibujo, escritura y lectura. Y mucho rato para pensar.
Ya empiezo a notar ese cosquilleo que me dice: «ponte en marcha». Es genial descubrir lo que disfruto esto, pero va a ser imparable cuando arranque de verdad.

Secondigny, 18 de agosto de 2017

Día 17: presentación

Fran y Helena se conocieron de pura casualidad. Ella, escritora, trabajaba en casa. Él, profesor, en la universidad. No frecuentaban los mismos ambientes, no tenían amigos en común y, de hecho, no habrían llegado a encontrarse de no ser porque Helena, por primera vez en mucho tiempo, decidió tomarse las vacaciones en agosto. Ambos acababan de pasar una ruptura dolorosa tras una relación larga e intensa, y decían a menudo que aún no estaban preparados para iniciar nada nuevo.

Pero cuando coincidieron en el tren a Barcelona, ninguno de los dos pensó demasiado en eso. Al verle sentarse a su lado, Helena le sonrió brevemente y fingió sumergirse en su libro mientras pensaba en alguna forma ingeniosa de iniciar una conversación. No se le daba bien la gente.

—Disculpa, ¿te molesta si dejo esto aquí? —preguntó él.

Helena estaba tan absorta que ni se dio cuenta de que le hablaba a ella al principio. Levantó la vista al cabo de unos segundos y se quedó mirándole con ojos de búho.

—No —logró contestar al fin—. No, tranquilo, está bien.

—¿Está entretenido el libro? —sonrió Fran.

—Está bien, sí —contestó ella, enseñándole la portada de Matadero cinco.

—¡Vonnegut! Buen gusto, ¿te has leído algún otro?

Y así empezó. Dos horas de conversación, intercambio de números y una primera cita en una ciudad que ninguno de los dos conocía demasiado bien. A los dos meses ya sabían que estaban hechos el uno para el otro.

Hasta que aparecieron las primeras grietas, las heridas que no se habían cerrado aún. La primera vez que discutieron, estuvieron a punto de abandonar lo que habían empezado. Pero no lo hicieron. Detuvieron a tiempo la bola de nieve y decidieron no comprar la estúpida idea del pack completo del amor romántico. Hablaron.

Tras muchas conversaciones, mucha lectura y mucho llanto, llegaron a la conclusión de que tendrían que cambiar la forma de relacionarse si algún día querían tener un vínculo profundo y significativo con otro ser humano. Empezando por cuestionarlo todo y averiguar qué buscaban, qué querían. En el amor, en el día a día, en el sexo, en las aficiones, en absolutamente todo. Por lo que pudieron encontrar por internet, la gente lo llamaba «deconstruir».

Ambos querían emprender la aventura juntos, y así lo hicieron. Aquí empieza su historia.

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Hoy tenía la creatividad disparada, y he arrancado a planear el cómic con el que llevo amenazando como un año. Está tomando una forma un poco distinta a lo que había pensado en un principio, pero me gusta. Trata de una pareja monógama y hetero, y de sus aventuras y desventuras a medida que van explorando su sexualidad y sus afectos. Spoiler: ni lo de monógamos ni lo de heteros les va a durar mucho.

De momento, además de la intro que he escrito hoy, tengo tiras planeadas y un hilo conductor más o menos largo. Y este boceto.

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Helena (izquierda) es muy amistosa, y le encanta estar con gente. Tiene el pequeño problema de que es muy tímida de primeras y le agobian las multitudes. Siempre le ha afectado mucho lo que los demás esperan de ella. Necesita soledad y silencio con relativa frecuencia.

Fran es carismático y atractivo, aunque tremendamente inseguro. Le encanta ser el centro de atención, lo cual es habitual. Es enamoradizo hasta puntos que le dificultan la vida. Le cuesta admitir sus errores.

De momento está muy en el aire, pero estoy trabajando en ello.

 

En otro orden de cosas, hoy me han aconsejado que no cargue un tronco de unos veinte kilos porque levantar peso no es bueno para el cuerpo de las mujeres. Lo que hay que oír. Aquí las cosas siguen igual. Cargo madera, paseo perros, escribo y dibujo. Me voy el sábado ya. Estoy cansadita ya de la fase tres… pero en seguida estaré en marcha otra vez.

Secondigny, 17 de agosto de 2017

Día 16: guardiana

Cuando viajamos en manada, parecemos un grupo desorganizado, avanzando sin rumbo, o decidiendo nuestro siguiente paso a cada instante. Pero no es así. Observa un poco más de cerca.

¿Ves a los que van al frente? Ellos marcan el ritmo. La manada les sigue. No es que hayamos decidido esto de ninguna manera, es que las cosas son así. Cuando ellos echan a andar, nosotros vamos detrás. A veces, nuestro rumbo depende de sus caprichos. Otras veces escuchan al resto, deliberan, deciden y siguen marcando el paso. La manada confía plenamente en ellos, sabemos que lo harán lo mejor que sepan. A veces van tan absortos entre sí, tan ocupados de sus asuntos, que se olvidan del resto.

Mira ahora a los que van detrás. Son los aprendices. Suelen ser jóvenes, torpones como cachorros casi siempre, y son los que algún día quieren ir a la cabeza, aunque aún no se atreven del todo. De momento, siguen y observan.

Y ahí, en el centro, el grupo grande. La mayor parte de la manada se limita a caminar. No quieren destacar, no quieren quedarse atrás. Aunque parezca todo un caos, tiene su orden. Un orden cambiante, en el que muchos se van, a veces vuelven… Nos necesitamos para sobrevivir, pero nuestra libertad es lo más preciado que tenemos, y nadie renunciaría a ella. Nadie lo pediría.

Más atrás vienen los rezagados. Todos los que no pueden o no quieren mantener el ritmo del resto. Pero ¿qué te voy a contar? Los cazadores sabéis reconocer a los rezagados del grupo mejor que nadie.

Pero lo que a lo mejor no habéis observado es que hay otro grupo detrás. A veces se entremezcla con los demás, a veces se aleja, pero siempre está ahí. Protegemos al clan al completo, pero sobre todo a los indefensos. Si algo amenaza al grupo, lo detenemos. Si hay peligro, advertimos. Somos los que mandamos a los cazadores a casa a lamerse las heridas.

No te vayas a pensar que esto es una jerarquía. No lo es en absoluto. Todos estamos en constante cambio. Hay líderes que deciden caminar en el centro durante temporadas largas, por ejemplo. En general, los grupos están casi siempre entremezclados. Yo misma he estado en todas las posiciones en algún momento. Pero soy guardiana. Eso es lo que intentaba contarte. Hay quien abandonará la cabecera si se cansa, y hay quien solo lo hará si deja el liderazgo en buenas manos. Hay quien abandona la vigilancia sin pensárselo dos veces, y hay quien jamás dejaría el grupo desprotegido. En tiempos de tranquilidad, poco importa. Pero cuando tienes al enemigo tras tu pista, tienes que elegir. Llevo ya tiempo cansada, pero no puedo dejar de vigilar mientras a alguien se le ocurre venir a ayudar. Total, cada cual sabe hacer lo que sabe hacer. Y nos gusta saber hacer de todo, pero en momentos como este, lo que importa es seguir adelante.

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Este horario de comidas tempranas y trabajo por la mañana me está sentando genial y estoy más disciplinada que nunca. Ay si lo pudiese mantener cuando vuelva… Habrá que probar.

Los paseos largos por el monte y las horitas de trabajo intenso a mediodía se agradecen también. Es como si me estuviese tomando unas vacaciones de mí misma. Bueno, de la parte desastre, procrastinadora y cansada. No es que esté haciendo todo lo que me propongo, pero tengo sensación de control sobre mi tiempo.

Esto sigue siendo aburrido, pero estoy bien, y me estoy enseñando a mirar las cosas malas con buenos ojos. Así a lo mejor me sale en momentos en los que lo necesite.

Por otra parte, me hace muy feliz esto de tener animales y campo cerca. Eterno dilema: me encanta Madrid, pero me encanta la playa y me encanta el campo. Esta experiencia me está llenando de dudas al respecto.

Secondigny, 16 de agosto de 2017

 

Día 15: para momentos difíciles

La doctora Olmo no pasaba consulta aquel día. Su sala de espera estaba vacía excepto por la mujer que esperaba junto a la puerta, junto a un maletín y con el móvil en la mano. Era casi mediodía, y no tenía mucho tiempo, pero la llamada de su madre no le había dejado mucha opción. Cuando ella decía emergencia, había que tomárselo en serio.

La puerta de la consulta se abrió. Una mujer alta y corpulenta, con gafas de alambre y melena corta y canosa, se asomó.

—Ay Silvi, muchas gracias, hija —suspiró—. Ven entra que te cuento.

Mientras la llevaba a la habitación trasera, lo que ella llamaba «el taller», le contó con sus formas aceleradas de siempre que su aprendiz estaba enferma justo en el día más importante, y que no sabía a quién más pedir ayuda.

—¡Mamá! —protestó Silvia—. ¿Me has llamado para que te ayude en la consulta? ¡Pensaba que te había pasado algo! No puedo irme del trabajo así, ¿por qué no has contratado a alguien que la sustituya?

La doctora encendió la luz del taller, y Silvia no necesitó que respondiera a su pregunta.

Sabía desde pequeña que su madre, más que médico, era una bruja de ciudad. Pero aquel día, el taller parecía sacado de un cuento, o quizás de una novela de aventuras. O de terror.

Aunque podía conseguir lo mismo con instrumental más moderno, su madre era muy clásica. Instrumental de cobre, cajas de madera, botes de porcelana… a veces hasta utilizaba velas, por más que Silvia le recordaba lo peligroso que podía ser. Pero Silvia nunca había visto los alambiques.

Había al menos diez, de distintos tamaños y formas, repartidos por todo el taller. El caos de recipientes de vidrio, libros abiertos, frascos y cuencos de ingredientes imposibles de identificar iba puntuado de forma casi cómica por pósits de varios colores pegados por todas partes.

—Mamá… ¿qué?

—Te lo explico luego. Ahora necesito que hagas exactamente lo que yo te diga.

Durante la siguiente hora, Silvia se dedicó a verter meticulosamente un líquido dorado en frascos de cristal, añadir tres gotas de un líquido, dos de otro, remover, tapar y volver a empezar. Trabajaron en silencio. Silvia no se atrevía a interrumpir la concentración de su madre, y ella estaba totalmente absorta, caminando por todo el taller con un libro en la mano, ajustando, removiendo y añadiendo con la misma sensación de caos organizado que daba en todo lo demás.

Hasta que al final, cuando contó por quinta vez los frascos que ya estaban listos y cerrados, quedó conforme.

—Ya está, hija, muchísimas gracias.

—¿Me vas a contar qué ha pasado hoy? ¿Qué es todo esto?

—Es una de las pocas pócimas que preparo ya, Silvi. Y nunca sé cuándo la voy a poder hacer. Algunas mañanas, me levanto y ahí está, brotándome de los dedos. Y tengo que aprovechar el momento, porque cada vez viene menos. Cuando me levanto y siento que voy a poder prepararla, cierro la consulta, y mi aprendiz y yo llenamos la despensa con provisiones para varios años. Pero es una de las difíciles, y tiene sus tiempos. Si se pasa, se queda inservible…

—Y estabas a punto de perder todo esto.

—Exacto. Aún quedan cosas por preparar, pero lo más urgente está hecho. Con que cierre la consulta mañana también, creo que podré dejarlo todo terminado. Vaya día ha elegido la niña para ponerse mala.

—Tranquila mamá, me alegro de haber podido ayudarte.

Cuando ya estaba en la puerta, Silvia volvió a mirar a su madre.

—Oye, ¿para qué era la poción?

—Es largo de contar, hija —contestó ella con una sonrisa cansada—. Pero es una de las cosas que me da poderes. Las brujas casi siempre aprovechan ese torrente de energía en el momento en que les llega, para hacer cualquier cosa emocionante o temeraria. Pero las brujas de ciudad sabemos que hay que guardárselo para momentos difíciles. Esto no es como vivir en el bosque.

 

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Hoy estoy muy contenta. Estoy cansada, pero de caminar y hacer cosas. Me he aburrido, pero no tanto. Estoy relajada. Un momento genial para reflexionar.

Ha caído una tormenta alucinante, de estas con truenos de película. Y también ha hecho sol.

Secondigny, 15 de agosto de 2017

 

Día 14: quietud

El aburrimiento hace que el tiempo pase como una masa pegajosa, sin forma, y cuesta distinguir un trozo del siguiente. Desayunas, y de pronto es de noche, de pronto ya han pasado las doce. Pero a la vez, cada cuarto de hora se arrastra de esa forma agónica insoportable que hace querer mirar el reloj cada cinco minutos, lo cual solo empeora las cosas. No hay mucho reseñable… color uniforme, la misma textura viscosa continua, el reptar lento de los minutos. Y vivir esos minutos es como caminar por un lodazal. Cuando crees haber avanzado ya al menos la mitad del camino, miras atrás y ves la orilla a dos pasos.

Y eso de que el aburrimiento alimenta la creatividad… a mí desde luego no. Estoy escribiendo sobre el aburrimiento por pura falta de estímulos.

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Hoy he recorrido sendas de bosque con los perros y me he pasado no sé ni el tiempo cortando y cargando ramas. He partido el trabajo y el tiempo en cachitos para que se hiciera más corto casi sin darme cuenta, y me he hecho mucha gracia a mí misma. Los días se hacen un poco largos aquí, pero me viene bien la tranquilidad. O creo que me viene bien. No sé si me acaba de hacer gracia esta sensación de lentitud, me embota la cabeza.

Mañana más. Por favor, que pase algo ya.

Secondigny, 14 de agosto de 2017