Día 17: presentación

Fran y Helena se conocieron de pura casualidad. Ella, escritora, trabajaba en casa. Él, profesor, en la universidad. No frecuentaban los mismos ambientes, no tenían amigos en común y, de hecho, no habrían llegado a encontrarse de no ser porque Helena, por primera vez en mucho tiempo, decidió tomarse las vacaciones en agosto. Ambos acababan de pasar una ruptura dolorosa tras una relación larga e intensa, y decían a menudo que aún no estaban preparados para iniciar nada nuevo.

Pero cuando coincidieron en el tren a Barcelona, ninguno de los dos pensó demasiado en eso. Al verle sentarse a su lado, Helena le sonrió brevemente y fingió sumergirse en su libro mientras pensaba en alguna forma ingeniosa de iniciar una conversación. No se le daba bien la gente.

—Disculpa, ¿te molesta si dejo esto aquí? —preguntó él.

Helena estaba tan absorta que ni se dio cuenta de que le hablaba a ella al principio. Levantó la vista al cabo de unos segundos y se quedó mirándole con ojos de búho.

—No —logró contestar al fin—. No, tranquilo, está bien.

—¿Está entretenido el libro? —sonrió Fran.

—Está bien, sí —contestó ella, enseñándole la portada de Matadero cinco.

—¡Vonnegut! Buen gusto, ¿te has leído algún otro?

Y así empezó. Dos horas de conversación, intercambio de números y una primera cita en una ciudad que ninguno de los dos conocía demasiado bien. A los dos meses ya sabían que estaban hechos el uno para el otro.

Hasta que aparecieron las primeras grietas, las heridas que no se habían cerrado aún. La primera vez que discutieron, estuvieron a punto de abandonar lo que habían empezado. Pero no lo hicieron. Detuvieron a tiempo la bola de nieve y decidieron no comprar la estúpida idea del pack completo del amor romántico. Hablaron.

Tras muchas conversaciones, mucha lectura y mucho llanto, llegaron a la conclusión de que tendrían que cambiar la forma de relacionarse si algún día querían tener un vínculo profundo y significativo con otro ser humano. Empezando por cuestionarlo todo y averiguar qué buscaban, qué querían. En el amor, en el día a día, en el sexo, en las aficiones, en absolutamente todo. Por lo que pudieron encontrar por internet, la gente lo llamaba «deconstruir».

Ambos querían emprender la aventura juntos, y así lo hicieron. Aquí empieza su historia.

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Hoy tenía la creatividad disparada, y he arrancado a planear el cómic con el que llevo amenazando como un año. Está tomando una forma un poco distinta a lo que había pensado en un principio, pero me gusta. Trata de una pareja monógama y hetero, y de sus aventuras y desventuras a medida que van explorando su sexualidad y sus afectos. Spoiler: ni lo de monógamos ni lo de heteros les va a durar mucho.

De momento, además de la intro que he escrito hoy, tengo tiras planeadas y un hilo conductor más o menos largo. Y este boceto.

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Helena (izquierda) es muy amistosa, y le encanta estar con gente. Tiene el pequeño problema de que es muy tímida de primeras y le agobian las multitudes. Siempre le ha afectado mucho lo que los demás esperan de ella. Necesita soledad y silencio con relativa frecuencia.

Fran es carismático y atractivo, aunque tremendamente inseguro. Le encanta ser el centro de atención, lo cual es habitual. Es enamoradizo hasta puntos que le dificultan la vida. Le cuesta admitir sus errores.

De momento está muy en el aire, pero estoy trabajando en ello.

 

En otro orden de cosas, hoy me han aconsejado que no cargue un tronco de unos veinte kilos porque levantar peso no es bueno para el cuerpo de las mujeres. Lo que hay que oír. Aquí las cosas siguen igual. Cargo madera, paseo perros, escribo y dibujo. Me voy el sábado ya. Estoy cansadita ya de la fase tres… pero en seguida estaré en marcha otra vez.

Secondigny, 17 de agosto de 2017

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Día 16: guardiana

Cuando viajamos en manada, parecemos un grupo desorganizado, avanzando sin rumbo, o decidiendo nuestro siguiente paso a cada instante. Pero no es así. Observa un poco más de cerca.

¿Ves a los que van al frente? Ellos marcan el ritmo. La manada les sigue. No es que hayamos decidido esto de ninguna manera, es que las cosas son así. Cuando ellos echan a andar, nosotros vamos detrás. A veces, nuestro rumbo depende de sus caprichos. Otras veces escuchan al resto, deliberan, deciden y siguen marcando el paso. La manada confía plenamente en ellos, sabemos que lo harán lo mejor que sepan. A veces van tan absortos entre sí, tan ocupados de sus asuntos, que se olvidan del resto.

Mira ahora a los que van detrás. Son los aprendices. Suelen ser jóvenes, torpones como cachorros casi siempre, y son los que algún día quieren ir a la cabeza, aunque aún no se atreven del todo. De momento, siguen y observan.

Y ahí, en el centro, el grupo grande. La mayor parte de la manada se limita a caminar. No quieren destacar, no quieren quedarse atrás. Aunque parezca todo un caos, tiene su orden. Un orden cambiante, en el que muchos se van, a veces vuelven… Nos necesitamos para sobrevivir, pero nuestra libertad es lo más preciado que tenemos, y nadie renunciaría a ella. Nadie lo pediría.

Más atrás vienen los rezagados. Todos los que no pueden o no quieren mantener el ritmo del resto. Pero ¿qué te voy a contar? Los cazadores sabéis reconocer a los rezagados del grupo mejor que nadie.

Pero lo que a lo mejor no habéis observado es que hay otro grupo detrás. A veces se entremezcla con los demás, a veces se aleja, pero siempre está ahí. Protegemos al clan al completo, pero sobre todo a los indefensos. Si algo amenaza al grupo, lo detenemos. Si hay peligro, advertimos. Somos los que mandamos a los cazadores a casa a lamerse las heridas.

No te vayas a pensar que esto es una jerarquía. No lo es en absoluto. Todos estamos en constante cambio. Hay líderes que deciden caminar en el centro durante temporadas largas, por ejemplo. En general, los grupos están casi siempre entremezclados. Yo misma he estado en todas las posiciones en algún momento. Pero soy guardiana. Eso es lo que intentaba contarte. Hay quien abandonará la cabecera si se cansa, y hay quien solo lo hará si deja el liderazgo en buenas manos. Hay quien abandona la vigilancia sin pensárselo dos veces, y hay quien jamás dejaría el grupo desprotegido. En tiempos de tranquilidad, poco importa. Pero cuando tienes al enemigo tras tu pista, tienes que elegir. Llevo ya tiempo cansada, pero no puedo dejar de vigilar mientras a alguien se le ocurre venir a ayudar. Total, cada cual sabe hacer lo que sabe hacer. Y nos gusta saber hacer de todo, pero en momentos como este, lo que importa es seguir adelante.

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Este horario de comidas tempranas y trabajo por la mañana me está sentando genial y estoy más disciplinada que nunca. Ay si lo pudiese mantener cuando vuelva… Habrá que probar.

Los paseos largos por el monte y las horitas de trabajo intenso a mediodía se agradecen también. Es como si me estuviese tomando unas vacaciones de mí misma. Bueno, de la parte desastre, procrastinadora y cansada. No es que esté haciendo todo lo que me propongo, pero tengo sensación de control sobre mi tiempo.

Esto sigue siendo aburrido, pero estoy bien, y me estoy enseñando a mirar las cosas malas con buenos ojos. Así a lo mejor me sale en momentos en los que lo necesite.

Por otra parte, me hace muy feliz esto de tener animales y campo cerca. Eterno dilema: me encanta Madrid, pero me encanta la playa y me encanta el campo. Esta experiencia me está llenando de dudas al respecto.

Secondigny, 16 de agosto de 2017

 

Día 15: para momentos difíciles

La doctora Olmo no pasaba consulta aquel día. Su sala de espera estaba vacía excepto por la mujer que esperaba junto a la puerta, junto a un maletín y con el móvil en la mano. Era casi mediodía, y no tenía mucho tiempo, pero la llamada de su madre no le había dejado mucha opción. Cuando ella decía emergencia, había que tomárselo en serio.

La puerta de la consulta se abrió. Una mujer alta y corpulenta, con gafas de alambre y melena corta y canosa, se asomó.

—Ay Silvi, muchas gracias, hija —suspiró—. Ven entra que te cuento.

Mientras la llevaba a la habitación trasera, lo que ella llamaba «el taller», le contó con sus formas aceleradas de siempre que su aprendiz estaba enferma justo en el día más importante, y que no sabía a quién más pedir ayuda.

—¡Mamá! —protestó Silvia—. ¿Me has llamado para que te ayude en la consulta? ¡Pensaba que te había pasado algo! No puedo irme del trabajo así, ¿por qué no has contratado a alguien que la sustituya?

La doctora encendió la luz del taller, y Silvia no necesitó que respondiera a su pregunta.

Sabía desde pequeña que su madre, más que médico, era una bruja de ciudad. Pero aquel día, el taller parecía sacado de un cuento, o quizás de una novela de aventuras. O de terror.

Aunque podía conseguir lo mismo con instrumental más moderno, su madre era muy clásica. Instrumental de cobre, cajas de madera, botes de porcelana… a veces hasta utilizaba velas, por más que Silvia le recordaba lo peligroso que podía ser. Pero Silvia nunca había visto los alambiques.

Había al menos diez, de distintos tamaños y formas, repartidos por todo el taller. El caos de recipientes de vidrio, libros abiertos, frascos y cuencos de ingredientes imposibles de identificar iba puntuado de forma casi cómica por pósits de varios colores pegados por todas partes.

—Mamá… ¿qué?

—Te lo explico luego. Ahora necesito que hagas exactamente lo que yo te diga.

Durante la siguiente hora, Silvia se dedicó a verter meticulosamente un líquido dorado en frascos de cristal, añadir tres gotas de un líquido, dos de otro, remover, tapar y volver a empezar. Trabajaron en silencio. Silvia no se atrevía a interrumpir la concentración de su madre, y ella estaba totalmente absorta, caminando por todo el taller con un libro en la mano, ajustando, removiendo y añadiendo con la misma sensación de caos organizado que daba en todo lo demás.

Hasta que al final, cuando contó por quinta vez los frascos que ya estaban listos y cerrados, quedó conforme.

—Ya está, hija, muchísimas gracias.

—¿Me vas a contar qué ha pasado hoy? ¿Qué es todo esto?

—Es una de las pocas pócimas que preparo ya, Silvi. Y nunca sé cuándo la voy a poder hacer. Algunas mañanas, me levanto y ahí está, brotándome de los dedos. Y tengo que aprovechar el momento, porque cada vez viene menos. Cuando me levanto y siento que voy a poder prepararla, cierro la consulta, y mi aprendiz y yo llenamos la despensa con provisiones para varios años. Pero es una de las difíciles, y tiene sus tiempos. Si se pasa, se queda inservible…

—Y estabas a punto de perder todo esto.

—Exacto. Aún quedan cosas por preparar, pero lo más urgente está hecho. Con que cierre la consulta mañana también, creo que podré dejarlo todo terminado. Vaya día ha elegido la niña para ponerse mala.

—Tranquila mamá, me alegro de haber podido ayudarte.

Cuando ya estaba en la puerta, Silvia volvió a mirar a su madre.

—Oye, ¿para qué era la poción?

—Es largo de contar, hija —contestó ella con una sonrisa cansada—. Pero es una de las cosas que me da poderes. Las brujas casi siempre aprovechan ese torrente de energía en el momento en que les llega, para hacer cualquier cosa emocionante o temeraria. Pero las brujas de ciudad sabemos que hay que guardárselo para momentos difíciles. Esto no es como vivir en el bosque.

 

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Hoy estoy muy contenta. Estoy cansada, pero de caminar y hacer cosas. Me he aburrido, pero no tanto. Estoy relajada. Un momento genial para reflexionar.

Ha caído una tormenta alucinante, de estas con truenos de película. Y también ha hecho sol.

Secondigny, 15 de agosto de 2017

 

Día 14: quietud

El aburrimiento hace que el tiempo pase como una masa pegajosa, sin forma, y cuesta distinguir un trozo del siguiente. Desayunas, y de pronto es de noche, de pronto ya han pasado las doce. Pero a la vez, cada cuarto de hora se arrastra de esa forma agónica insoportable que hace querer mirar el reloj cada cinco minutos, lo cual solo empeora las cosas. No hay mucho reseñable… color uniforme, la misma textura viscosa continua, el reptar lento de los minutos. Y vivir esos minutos es como caminar por un lodazal. Cuando crees haber avanzado ya al menos la mitad del camino, miras atrás y ves la orilla a dos pasos.

Y eso de que el aburrimiento alimenta la creatividad… a mí desde luego no. Estoy escribiendo sobre el aburrimiento por pura falta de estímulos.

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Hoy he recorrido sendas de bosque con los perros y me he pasado no sé ni el tiempo cortando y cargando ramas. He partido el trabajo y el tiempo en cachitos para que se hiciera más corto casi sin darme cuenta, y me he hecho mucha gracia a mí misma. Los días se hacen un poco largos aquí, pero me viene bien la tranquilidad. O creo que me viene bien. No sé si me acaba de hacer gracia esta sensación de lentitud, me embota la cabeza.

Mañana más. Por favor, que pase algo ya.

Secondigny, 14 de agosto de 2017

Día 13: a lo lejos

Desde aquí, las ideas que traía, o más bien las que creía tener, se ven pequeñitas. Es como si hubiese subido a una montaña y estuviese mirándome a mí misma, o a la que era yo hace unos días, con mis pensamientos, mis inquietudes, mis certezas. Pero desde aquí arriba todo se ve diferente. Los ecos de la montaña me distorsionan la voz, y ya no me reconozco en mis propias palabras.

El aire es más fino, me siento más ligera. Y veo a lo lejos. El viento me trae ecos del pasado que había olvidado de tanto merodear por los valles. Me devuelve cosas que eran mías, cosas que era yo. Y con este silencio, al fin puedo escuchar.

Hay reproche, pero también palabras de ánimo, y recuerdos esperanzadores.

Y así, con el corazón en calma, escuchando, lo entiendo al fin.

He hecho cosas mal, y he hecho cosas terribles. Me he equivocado y he fracasado. Pero alrededor de esos fracasos había partes que no merecen ser borradas. No necesito prender fuego a todo lo que era para resurgir, mejor y más fuerte. No he venido a quemar y construir desde cero, sino a reparar. A ajustar despacio y con cuidado lo que se ha ido cayendo.

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Hoy me he sorprendido a mí misma al contar mi historia por primera vez en mucho tiempo. De pronto, cosas que creía tener claras no lo estaban tanto, y empecé a replantearme algunas mientras hablaba. Creo que me está saliendo hacer esto por fin porque estoy preparada. Además, estoy tranquila con ello, y eso me hace feliz.

De momento la tercera parte del viaje me está yendo bien. Se acabó el hablar francés todo el rato, y estoy más relajada. Aquí hay gente con la que hablar, perros, una yegua, dos burras, dos cerdos y mucho campo. Creo que lo disfrutaré.

Secondigny, 13 de agosto de 2017

Día 12: alucinaciones

Hoy he caminado por el hilo que separa mi consciencia dormida de la despierta. Se han entremezclado sueños y realidad, y he hablado idiomas que no existen. He visto pasar campos iluminados por las nubes, y se ha detenido el tiempo. Me he deshecho en escamas diminutas, y solo veía a través de los pinchazos de la espalda. Las voces me llegan en latidos graves, no entiendo lo que está pasando. Tengo que despertar, tengo que resolver algo. Pero he perdido el hilo, y ya no sé si estoy soñando o no. Intento preguntar dónde estamos y creo que sólo me oigo yo. Me dejo caer. Podría estar en cualquier parte.

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Me he puesto mala, espectacularmente mala. No podía ser bueno esto de hablar francés todo el rato. El viaje hasta Bressuire ha sido demoledor. Iba medio inconsciente de cansancio y dolor de cabeza, alucinando de fiebre, y tengo que haber sido la peor viajera de Blablacar de la historia. Pero ya estoy en la casa nueva. Secondigny, pueblo perdido donde los haya. Después de la cena y una taza de té hirviendo, me encuentro algo mejor, aunque me sigue doliendo todo. De momento, mis anfitriones son… peculiares. Se nota pasivo-agresividad en el ambiente. Voy a sacar mis poderes empáticos a relucir y que pase lo que tenga que pasar.

Fase tres… empezamos.

Tournon d’Agenais — Limoges — Bressuire — Secondigny, 12 de agosto de 2017

Día 11: despedidas

«No me gustan las despedidas porque siempre llegan demasiado pronto. Ocurren en medio de algo interesante, interrumpen la felicidad y se lo llevan todo.

No me gustan en general, pero las que menos son las de momentos irrepetibles. Y la carretera está llena de estas».

Cerró el diario casi con rabia. ¿Por qué lo especial siempre pasaba justo antes de que acabara todo? Siempre aparecían con el tiempo suficiente para echarlos de menos, pero no lo bastante como para hacerse amigos. Seguramente no los volviera a ver. Ni siquiera había podido darles el abrazo que tantas ganas tenía de darles.

Entonces recordó haber escrito algo parecido años atrás, al despedirse de la que había sido su casa durante nueve meses. Al despedirse de sus compañeros, amigos y amores. Daba igual el tiempo, siempre era pronto para las despedidas. Y todos los abrazos del mundo se habrían quedado cortos.

Lo bueno es que hay gente que se queda. De la manera más imprevista, hay quien sigue siendo una parte de tu vida, aunque sea a lo lejos. Ella quería quedarse, ¿y por qué no? Sacó el móvil y el papelito en el que Chris había apuntado su correo y escribió el título: «Missing you already».

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Ha sido un día increíble y estoy de buen humor. Si no fuera porque es el último día, sería perfecto. Estoy disfrutando de verdad de lo de viajar sola, la facilidad para hacer amigos y hablar con gente nueva que supone, y sobre todo la libertad de movimiento. Cada vez que me entre el agobio, la soledad, las ganas de tener a alguien que me acompañe incondicionalmente, recordaré la excursión improvisada de hoy. Mercado artesanal, compañía muy agradable, música… todo bien.

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Nunca había recibido tanto cariño de completos desconocidos, y me está haciendo plantearme muchas cosas. Como por ejemplo lo reservada que soy con gente nueva y el reparo que me da invadir o resultar molesta. Podría proponerme ser un poco más espontánea con esto.

Ahora que ya me ha entrado el espíritu aventurero, ¡no quiero volver! Bueno, sí que quiero, pero me apetece muchísimo continuar con esto. Qué felicidad haber superado el bache.

Último día… jo.

Tournon d’Agenais, 11 de agosto de 2017