Día 2: las gafas rosas

La palmera recortada contra el cielo rosa parecía sacada de una postal. Alguna nube suelta buscaba su rebaño, y la brisa suave hacía ondas en el agua rosada de la piscina. Briznas de hierba lila, un vaso lleno de bebida rosa con burbujitas, un árbol en tonos pastel. Parece mentira lo que cambia el mundo con una capa de color.

Me quité las gafas y parpadeé mientras me acostumbraba a la luz.

La casa entera dormía, presa del embrujo de la tarde. Todo estaba en silencio. Me dio por pensar.

¿Cuántas verdades me esperan? ¿Cuántas veces voy a quitarme las gafas y decepcionarme con una realidad aburrida en el mejor de los casos, sórdida en el peor?

Y volví a mirar. El cielo, ahora azul, con sus nubes casi blancas. El agua de la piscina, la cerveza sobre la mesa. Un olivo viejo con su sombra amable y moteada.

¿Exactamente qué parte de esto no me parece precioso?

Ojalá pudiera verlo todo con la novedad de las gafas rosas. Ojalá no tuviera los ojos tan llenos de tristeza casi todo el rato.

El viento mueve el toldo, y un rayo de sol acaricia su cara dormida. Se mueve en sueños, murmura, se cubre los ojos con la mano. Me inunda una oleada de amor solo de mirarla que me da ganas de llorar. Esta es mi propia versión de las gafas rosas.

Si puedo sentir esto, puedo soportar la tristeza.

A veces me invento historias para escapar de una realidad que no soporto. Se me olvida a menudo el lugar en el que estoy, lo fascinante que puede llegar a ser. Y recuerdo mis pensamientos de niña pequeña, cuando me hablaron por primera vez del cielo y del infierno. Recuerdo las clases de ciencias, y la tranquilidad que me daba saber cosas. El primer pensamiento de atea que recuerdo haber tenido.

 

Vivo en un trozo de roca que viaja en la estela de una estrella a través de un vacío helado. ¿Qué historia puedo intentar creerme que sea más impresionante que eso?

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La paz y la ausencia de planes me están haciendo intensamente feliz. Estoy desbordada de amor, pero con un miedo terrible a quién sabe qué. Al viaje, supongo. Intento no pensar demasiado en ello. No quiero separarme de todo este cariño, de este pequeño oasis en medio de mi caos. Pero mañana es mi último día. Cruzo la frontera el sábado. Voy a intentar no pensar en ello y disfrutar de este bienestar.

 

Valencia, 2 de agosto de 2017

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Día 1: el ombligo del mundo

Nuria hablaba sin parar de sí misma, y a Gabi le resultaba insoportable. Que si mi trabajo, que si mi casa, que si mi familia… Era un parloteo incesante sembrado de «yo», «mí», «me», «conmigo». Nunca preguntaba. Intentar encajar una anécdota personal en medio de su verborrea era prácticamente imposible. Y cuando lo conseguía, ella desviaba el tema hacia su terreno de nuevo. No había forma de callarla. Y, por si fuera poco, todo lo que tenía que contar era frívolo y poco interesante. Exageraba su importancia, y aun así aburría. ¿Cómo era capaz de pasarse veinte minutos seguidos hablando de algo tan cotidiano como coger un tren de cercanías al trabajo?

A veces, Gabi tenía el impulso de decírselo, de explicarle que las cosas que contaba no interesaban a nadie, que la gente la rehuía por pesada. Solo la retenían las convenciones sociales y una ligera pereza.

Pero a veces imaginaba la escena, recreaba una conversación con ella con todos los detalles. Imaginaba cómo le soltaba la verdad sin miramientos, observaba su mirada enfurecida, se reía para sus adentros ante su arranque de ira y, por fin, la despedía con un pañuelo blanco mientras ella se marchaba airada, sin mirar atrás.

Y así conseguía capear el temporal cada vez que aparecía. Pero se hacía más difícil por momentos. Hasta el día en que explotó.

Había sido un mal día en el trabajo, y Gabi no estaba de humor. Quería llegar a casa y estar sola. Pero de entre todos los momentos, de entre todos los lugares, Nuria había elegido la misma calle que ella para pasar a la misma hora. La saludó efusivamente. Antes de que pudiese reaccionar, decirle que había tenido un mal día y excusarse, Nuria empezó a hablar. Gabi se quedó petrificada, mirándola con ojos incrédulos, incapaz de hacer nada que la librase de aquella. Estaba tan agotada, de tan mal humor, que las riendas sociales que sostenían a su bestia interna no aguantaron. Se partieron de forma casi audible, y la marea de frustración y rabia quedó libre.

—Nuria —interrumpió Gabi—. No tengo el día para esto.

Nuria la miró, incrédula. Era la primera vez que la interrumpía.

—Bueno, hija, perdona —respondió dignamente—. Solo te estaba poniendo un poco al día.

—Poniéndome al día —rugió la bestia interior de Gabi—. A esto lo llamas ponerme al día. Hablarme de ti sin parar durante horas y horas, sin escuchar una palabra de lo que tengo que decir pero contándome hasta la marca de detergente que te compras.

—Pero ¿qué te pasa hoy? Vale que tengas un mal día, pero no lo pagues conmigo.

 

Después de la pelea, Gabi no recordaba lo que había dicho o hecho. Solo era capaz de desenredar de aquella nebulosa de furia la imagen de Nuria marchándose. Puede que estuviese llorando. Llegó a casa aún rabiando, con ganas de romper algo. Logró calmarse, hacerse una infusión y meterse en la cama.

 

Al día siguiente, lo primero que vio fue un mensaje de Nuria.

«Gabi, cariño, siento muchísimo lo de ayer. Necesito hablar contigo».

Y Gabi controló su primer impulso de volver a contestar con una bordería. Quedaron esa misma tarde. Y, por una vez, Gabi escuchó con un nudo en la garganta mientras Nuria hablaba de sí misma.

Le contó sus últimos años. Cómo había sido perder su anterior trabajo y verse sola a cargo de dos niños. Cómo se había reavivado su sensación de abandono, a pesar de que hacía años que el padre de sus hijos se había marchado.

Le contó los valles, los picos y los fosos de su estado de ánimo. Los días en los que suplicó ayuda a la muerte. Los días en los que temió no amanecer.

Nuria entendía perfectamente que nadie quisiese escuchar sus historias. Pero contarlas, sentir que había alguien que las escuchaba, le daba sensación de ser algo para alguien. Hablar de su vida cotidiana como algo relevante le hacía sentir importante, apreciada. Merecedora de un lugar en el mundo.

Y desde aquella tarde, apareció una nueva complicidad entre las dos. Nuria bajó sus murallas un poco, lo justo para dejarle pasar, y Gabi empezó a mirarla con otros ojos. Cuando hablaba de sí misma, ya no veía a una prepotente ocupando el espacio con sus banalidades. La imaginaba poniendo un corazón cristalino y frágil en sus manos. Y ella lo sostenía con cariño y sonreía, mientras le decía sin palabras: «gracias por confiar en mí».

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Hoy ha sido un día remolón y extraño, y la historia ha salido acorde.

Este relato está basado en la primera página de mi diario de viaje.

La primera fase del viaje está en marcha. Me reciben con tanto amor en Valencia que hace efecto filtro de Instagram con el primer día de mi aventura. De pronto, todo parece un poco más especial. No veo nada claro más allá de este par de días, pero sé que aquí voy a estar bien.

Valencia, 1 de agosto de 2017